Recuerdo aquel campanario como uno de los parajes más amenos fabricados por la mano del hombre. Desde él se divisa una gran parte del valle de Laviana. Debajo de nosotros blanqueaban entre los árboles las casas de Entralgo con sus techos rojos; encima sobre el repliegue que hace la montaña estaba Canzana; se veía el pequeño río de Villoria, se veía el Nalón majestuoso surcando las vegas de maíz; allá lejos, en el fondo del valle, estaba la Pola y más lejos como cerrándolo los Barreros. Llegaban a nuestros oídos las campanas de Carrio y de la Pola; pero las campanas de estas iglesias no podían competir con las nuestras, todo el mundo lo sabe, y por eso nos sentíamos orgullosos de hacerlas vibrar creyendo de buena fe que el valle entero nos admiraba.

Seguí frecuentando este campanario, experimentando siempre el mayor gozo cuando a la hora del mediodía el sacristán, alguna que otra vez, me permitía ir solo a sonar las campanas para advertir a los campesinos que había llegado el momento de dejar el trabajo. Con ocasión de una de estas visitas, cuando llegó la primavera, hice un descubrimiento prodigioso. En una grieta del muro acerté a ver un nido de estornino. Para contemplarlo a mi sabor tuve necesidad de saltar fuera del campanario y colocarme sobre el tejado. Era tan delicado aquel nido y contenía unos huevecitos tan deliciosos que me llenó de alegría el hallazgo y no quise comunicarlo con nadie, ni aun con mis íntimos amigos, por temor de que me lo robasen.

Cuando me era posible le hacía solo una visita para la cual como he dicho necesitaba caminar sobre el tejado. Es posible que en estas excursiones haya roto alguna teja por lo que luego se verá; pero yo me hallaba tan entusiasmado que nada me importaba causar desperfectos a la iglesia. Veía al petulante estornino y a la remilgada estornina cebar a sus hijuelos cuando los tuvieron y esto me causaba un placer indecible prometiéndome arrebatárselos bárbaramente así que hubiesen echado pluma.

No hubo lugar a que perpetrase este crimen. Otro cargó con él sobre su conciencia. Acaeció que por aquellos días mi madre me llevó consigo a confesar, aunque todavía ni en mucho tiempo después me acercaba yo a la sagrada mesa para comulgar. Lo hacía para acostumbrarme a recibir este sacramento y al mismo tiempo para que me corrigiese de mis travesuras, que iban siendo muchas. El señor cura me confesó poniéndome de pie, no de rodillas, mostrándose conmigo extremadamente afectuoso y tolerante. Una de las preguntas que me hizo fué si ocultaba algo a mis papás, si tenía algún secretillo que no quisiese comunicar con nadie. Yo me creí en el caso de declarar que había descubierto un nido. El cura me preguntó dónde estaba y se lo dije.

Dos días después cuando tuve ocasión de hacer al nido una visita, había desaparecido. El cura había dado orden al sacristán para que lo derribase. El mismo sacristán me lo hizo saber entre groseras carcajadas.

No es posible representarse la tristeza y el dolor que experimenté. A pesar de su carácter sacerdotal me pareció que el cura había abusado de mi franqueza y cometido una negra traición.

Por eso cuando algunos meses más tarde mi madre me llevó de nuevo a confesar me hallaba fuertemente prevenido contra él. Me preguntó como la otra vez si ocultaba algo, si mi conciencia estaba perfectamente limpia de todo disimulo y yo bajo pena de pecado mortal y de sacrilegio me vi precisado a confesar que tenía novia.

¡Vaya una precocidad!—exclamará el lector pensando en mis pocos años. Que no se admire demasiado, sin embargo, porque mi hermano que contaba algunos menos cuando le preguntaban si tenía novia afirmaba muy seriamente que tenía diez, y nombraba a todas las niñas de la vecindad. Yo no había caído en tan degradante poligamia; me contentaba con una. Era una niña hija de unos señores de la Pola a quien no había visto más de tres o cuatro veces en mi vida y que ciertamente se hallaba tan ajena como el Zar de Rusia del honor que la había dispensado.

—¿Quién es?—me preguntó el cura.

Yo, naturalmente, di la callada por respuesta.