—Jesús—repitió el moribundo.

—Los espíritus malignos me acompañen.

—¡No! ¡No!—volvió a murmurar el tío Lucas moviendo la cabeza con señales de terror.

No se pudo acabar con él que repitiera aquellas palabras y yo me marché al cabo sin saber qué pensar de tal escena. Cuando se la describí a mi padre éste me miró estupefacto.

—¿Qué estás diciendo, ahí, niño? ¿Es de veras que decía los espíritus malignos?

—Sí, papá; decía los espíritus malignos.

—¡Ave María, qué bárbaro!—exclamó haciéndose cruces.

Y le faltó tiempo para contárselo al señor cura cuando éste vino por la tarde a nuestra casa como tenía por costumbre.

El señor cura al oírlo montó en una cólera furiosa y al día siguiente hizo llamar al tío Pablo de Cananza a la rectoral, se encerró con él en su despacho y por espacio de hora y cuarto, según testimonio de la criada, estuvo llamándole borrico, pollino, asno, burro, jumento, en fin, todos los sinónimos con que el idioma castellano cuenta para representar el mismo simpático animal. No son muchos, pero si fuesen sesenta y tres, como posee el idioma italiano al decir del sabio Mustoxidi, todos se los hubiera encajado seguramente. Además le prohibió de un modo terminante que volviese a ayudar a morir a nadie, y en el caso de que infringiese este precepto le prometió ayudarle él mismo a dejar esta vida terrestre por medio de algunos adecuados bastonazos sobre el cogote.

Para confirmar la impasibilidad con que en la infancia contemplamos la muerte añadiré que el día de difuntos fué uno de los más felices de mi vida. El sacristán tuvo la generosidad, que nunca le agradeceré bastante, de permitirme tocar a muerto durante todo el día en el pequeño campanario de la iglesia. Me acompañaban, como siempre, mis fieles amigos. ¡Qué deliciosas horas las que pasamos agrupados en aquel exiguo tablado al aire libre, que semejaba la cofa de un barco! Se tocaban tres o cuatro lentas campanadas con la mayor, luego una con la pequeña; después un silencio más o menos prolongado. Y vuelta a empezar, y así todo el día hasta que cerró la noche. Mi única contrariedad durante aquella memorable jornada fué verme obligado a ir a comer; pero lo hice con tanta prisa que mi padre se vió precisado a darme algunos golpes en la espalda porque los bocados se me atravesaban en la garganta.