Esta flaqueza corporal no excluía en ella una gran fuerza de carácter. Era, como suele decirse, en lo físico una caña que se dobla pero no se rompe; en lo moral un roble que se rompe pero no se dobla. Mi padre, como reverso de ella, poseía un vigor físico extremado y un carácter blando y sentimental.
Con el ansia que suele acometer a los que cerca de sí ven la muerte aparejada a arrastrarlos a la tumba, mi madre se agarraba con todas sus fuerzas a la vida. Este anhelo de vivir se traducía por un deseo irresistible de hallarse siempre rodeada de gente alegre y bulliciosa, cuanto más alegre y bulliciosa mejor. Todas sus amigas eran mucho más jóvenes que ella y en verlas divertirse y bailar, y en escuchar su charla y sus confidencias amorosas hallaba la fuente de su alegría o por lo menos el olvido de sus dolencias.
Además de las pocas señoritas que en la aldea había y de algunas que de vez en cuando venían a pasar temporadas a nuestra casa, recibía por las noches buen golpe de labradoras que hilaban su copo sentadas en el suelo. Se formaba de este modo una tertulia de quince o veinte personas. Mi padre con sus amigos y Cayetano jugaba a las cartas en un ángulo de la sala alumbrados por un quinqué de pantalla verde, mientras yo sentado unas veces al lado de ellos, otras en el sofá a la vera de mi madre, vagaba de un sitio a otro hasta que el sueño me rendía y quedaba definitivamente dormido en el sofá. Algunas veces las carcajadas de los tertulios me despertaban un instante, pero no tardaba en quedar de nuevo dulcemente dormido. Al cabo mi padre solía apartarse un momento de la mesa de juego, me tomaba entre los brazos, me llevaba medio dormido al dormitorio, me desnudaba él mismo y me dejaba en la cama.
Gozaba mi madre lo indecible viendo bailar y ella misma sobreponiéndose a sus enfermedades por un esfuerzo maravilloso de su voluntad enérgica tomaba parte alguna vez en los bailes de sociedad. Pero en Entralgo faltaban caballeros para esta clase de bailes y sólo cuando nos visitaban algunos amigos o parientes se podía organizar un pequeño sarao. Ordinariamente se bailaba al estilo de la aldea, mucho más divertido en mi opinión por entonces, que el de la ciudad. Ni faltaba para acompañar o llevar el compás de la danza algún músico ambulante que mi madre solía retener en casa días y días manteniéndole y dándole una pequeña gratificación. Recuerdo que en aquella temporada estuvieron por dos veces permaneciendo bastante tiempo entre nosotros un violinista tuerto llamado Joaquín, acompañado de un muchacho de quince o diez y seis años que tocaba el arpa. Este Joaquín no podía competir con Paganini en el violín, pero seguramente podría habérselas con el propio Falstaff delante de un tonel. Un río de sidra no hubiera extinguido la sed de aquel artista. Con esto el único ojo que poseía estaba siempre rameado de sangre lo cual se puede asegurar que no le embellecía.
Era hombre divertidísimo aquel Joaquín, locuaz como pocos y embustero como ninguno. Había que verle en el lagar de pie con un vaso en la mano. Jamás se sentaba en aquel recinto como si respetase demasiado la majestad del tonel y no osase tomar asiento en su presencia. Sin embargo, cuando ya había trasegado una cantidad razonable de sidra a su estómago se creía autorizado para faltarle al respeto y se recostaba familiarmente sobre él. Es de saber que antes de llegar a este período deplorable de descuido, por no decir de insolencia, había celebrado ya su dulzura y su gloria por medio de cánticos fervorosos. Porque así que el violinista se acercaba más o menos a uno de nuestros toneles y tenía un vaso lleno en la mano, se creía en el deber de cambiar la música instrumental por la vocal, dejando escapar de su garganta agradecida y repitiendo cien veces la misma canción como una letanía en honor del jugo vivificante que chispeaba en su vaso. ¿Qué es lo que hacía peor, cantar o tocar el violín? Nadie logró jamás resolverlo.
Pero tenía además otra manera de ensalzar la magnificencia de aquel vino espumoso y era por medio de adecuadas y entusiastas inscripciones. Las paredes del lagar estaban llenas de ellas escritas por su mano con carboncillo. Dios bendiga la sidra de este lugar—decía una—. Bebamos esta sidra mientras nos quede un soplo de vida—decía otra—. ¡Desgraciados los hombres que no conocen la sidra de Entralgo!—se leía en otra tercera... y así sucesivamente.
Como puede observarse tales inscripciones ofrecían un marcado carácter apologético. En esto se distinguían de las cuneiformes de la Asiría y de las jeroglíficas de Egipto casi todas históricas o conmemorativas.
Mi padre odiaba casi tanto la epigrafía de Joaquín como su música. Pude cerciorarme de ello cuando poco después de partirse con su acompañante el arpista, hizo blanquear el lagar tapando con grosera cal mucho profundo pensamiento. Acaso se halle reservado a las generaciones venideras su descubrimiento. La capa de cal se desprenderá y debajo de ella volverán a parecer, vivos aún, aquellos gritos entusiastas de furor báquico.
Cuando no se hallaba bajo la influencia del avinado o asidrado dios hijo de Júpiter y Semele, era Joaquín un hombre muy agradable y nos entretenía narrándonos sucesos de su vida errante y picaresca. No he podido retener en la memoria más que uno, seguramente porque fué el que más me impresionó.
Nos hallábamos sentados alrededor del fuego en la gran cocina de Cayetano. Este y yo en el escaño; los demás en tajuelas. Para Joaquín y su arpista había traído Manola dos sillas. Joaquín habló de esta manera: