«Después de haber pasado unos días en Villaviciosa, habíamos ido a la fiesta del Nazareno en Noreña. Entonces no me acompañaba todavía este muchacho sino Rufo, aquel guitarrista que se ahogó en Gijón el año pasado y que habréis conocido o habréis oído nombrar. En Noreña corre la sidra y el dinero como en ningún otro pueblo de la provincia. Aquella tarde hicimos más de tres duros tocando en la calle, y por la noche todavía tocamos en el baile del Ayuntamiento y nos dieron treinta reales. Cuando salimos del baile eran más de las once; pero yo quería dormir en la Pola de Siero, porque tengo allí un amigo y no me cuesta nada la cama. Se lo dije a Rufo y desde luego quedó conforme porque tenía la esperanza de que tampoco le cobraran.
La emprendimos pues hasta la Pola, que como saben está muy cerquita. Era una hermosa noche estrellada y no hacía frío ni calor. Al pasar por el Berrón la taberna de Jerónimo estaba todavía abierta y llena de gente.
—¿Vamos a entrar un instante?—me dijo Rufo.
—Vamos.
Este Rufo era un buen hombre y como guitarrista, no se diga, porque hacía hablar al instrumento, pero tenía un defecto muy feo y era que le gustaba demasiado la sidra...
Nos miramos todos unos a otros con sorpresa y Cayetano soltó una estridente carcajada y los demás le siguieron. Joaquín quedó grandemente amostazado y preguntó con voz sorda:
—¿De qué os reís?
—Hombre, nos reímos porque un vaso de sidra le gusta a cualquiera—repuso Cayetano, guiñándonos un ojo.
Y vuelta a reír todos de tan buena gana que el propio Joaquín concluyó por reír también.
—¡Bueno, corriente! Quedamos en que a él y a mí nos gustaba la sidra y entramos a beber unos vasos del tonel que aquella misma tarde se había abierto. Había allí bastante gente y entre ella unos gitanos o húngaros que traían varios monos, un oso y un perro amaestrados. Los habíamos visto todo el día en Noreña trabajando con sus animales, rodeados de chicos. Nos acercamos al tonel con no poco trabajo y nos hicimos sacar unos vasos. No sé cuántos fueron...