—¡Muchos!—dijo Cayetano.

—Puede ser. Había tanta gente y tanto ruido que al cabo me sentí mareado y le dije a Rufo:—«Vámonos que estoy cansado y ya sabes que mañana debemos salir temprano para Infiesto»—. No me hizo caso y seguimos todavía otro rato y bebimos algunos vasos más. Volví a apurarle para que nos fuésemos y... nada; el hombre como si hubiera echado allí raíces y esperase florecer en la primavera. Enfadado ya de tanto repetirle lo mismo y de esperarle le dije:

—Mira Rufo, yo me voy: haz lo que quieras.

—Aguárdate, compadre, aguárdate un momento.

—No me aguardo más momentos. Adiós.

Y me fuí hacia la puerta.

—Bueno, hombre, bueno, no te apures, que yo también me voy.

Y sentí que echaba a andar detrás de mí. Cuando salí a la carretera noté que se ponía a mi lado y emparejados tomamos la dirección de la Pola. Yo no le hablaba porque estaba irritado y además la lengua me pesaba un poco en la boca. La noche más hermosa que antes. Había salido la luna y alumbraba tanto que a mí me parecía ver dos, una al lado de otra. Poco a poco se me fué pasando el enfado y para entrar en conversación le dije a Rufo:

—¡Vaya una noche linda, compadre!

No me contestó más que con un grosero gruñido.