—¡Anda! ¿Conque eres tú el que te enfadas después de lo que me has hecho aguardar?—le dije parando y encarándome con él.

¡Pero cuál fué mi sorpresa al ver que mi amigo Rufo se había transformado en oso!...»

—¡Eso es mentira, hombre!—exclamó Pacho desde su tajuela.

—Aguarda un instante, amigo—repuso Joaquín.

—¡Que te digo que eso es una gran mentira, hombre!

—¡Cállate, animal!—exclamó Cayetano encolerizado—. Deja que Joaquín termine su cuento.

Pacho, sin hacer caso, rojo de indignación y como si quisiera arrojarse sobre el pobre violinista, gritó más fuerte aún:

—¡Que te digo, hombre, con toda la boca, que mientes, hombre! ¿Lo quieres más claro, hombre?

—¿Pero quieres callarte, pedazo de bárbaro?—volvió a decir Cayetano tomando las tenazas con ademán de arrojárselas.

A duras penas se logró hacerle callar y Joaquín pudo continuar su cuento.