«—Vaya unas bromas que me gastas, compadre—le dije—. ¿A qué conduce esa tontería de transformarte en oso?
Rufo no me respondió.
—¡Anda, pues no eres poco chistoso, hijo!—continué yo—. ¡Si creerás que me vas a asustar! ¡Ja, ja! A pesar de esos pelos y ese hocico puntiagudo, te conozco, querido, y estoy tan tranquilo como si me tocases un tango con la guitarra... ¿Sabes lo que te digo Rufo?, que no eres un oso, sino un ganso, y que me está apeteciendo alumbrarte una torta en el hocico para que aprendas a no burlarte de los amigos.
Y como lo dije lo hice, a mano suelta le di sobre el hocico un revés.
Mi amigo Rufo lanzó un fuerte gruñido y dejando la posición cuadrúpeda se puso de pie y comenzó a bailar en torno mío gruñendo terriblemente. Os confieso amigos que si alguna vez sentí miedo en el mundo fué en esta ocasión. Eché a correr como pude, que no podía gran cosa, pues los pies me pesaban como si llevase zapatos de plomo. Rufo corrió detrás de mí siempre de pie, pero aún corría menos que yo. Como yo le llevaba alguna delantera me detenía de vez en cuando y le decía en tono suplicante:
—Rufo, amigo mío, perdona. No te he dado esa torta por ofenderte.
El no hacía caso y continuaba persiguiéndome. Cuando se acercaba yo volvía a correr y así que me hallaba lejos le suplicaba otra vez:
—Vamos, Rufo, no seas así. Una broma es una broma y entre amigos no tiene importancia.
Por fin se ablandó y dejándose caer, anduvo otra vez en cuatro patas. Entonces me acerqué ya sin miedo a él y nos emparejamos como antes. Y seguimos charlando con la mayor animación, es decir, recuerdo que era yo el que charlaba porque mi amigo Rufo no hacía más que asentir con leves gruñidos a lo que yo le decía. Tanto que cansado a la postre y un poco impaciente detengo el paso, me planto delante de él y le digo:
—Pero, hombre de Dios, ¿hasta cuándo va a durar esta broma?