Mas he aquí que Rufo se pone otra vez de pie y comienza a bailar y a gruñir de un modo espantoso. No poco trabajo me costó aplacarle y sólo lo conseguí después de mucho tiempo.
Por fin llegamos a la Pola, me dirigí a casa de mi amigo Ramón el Puntillero y llamé a la puerta. Me abrieron en seguida y entonces volviéndome a Rufo, que me seguía, le dije:
—Compadre, puesto que no quieres dejar todavía esa bromita, dormirás esta noche al fresco.
Y le dí con la puerta en el hocico. Caí en la cama como una piedra y el Puntillero tuvo compasión de mí y me dejó dormir hasta las diez de la mañana. Pero a esa hora me despertó a gritos diciéndome:
—Joaquín, Joaquín levántate ahora mismo. Está ahí un alguacil de parte del alcalde para que te presentes inmediatamente en el Ayuntamiento.
—¿Pero qué pasa?—exclamé sobresaltado.
—Nada, al parecer, unos gitanos te acusan de que les has robado un oso.
Quedé estupefacto. No me acordaba absolutamente de nada. Sin embargo, poco a poco fué entrando la luz en mi cerebro y me di cuenta de lo que había pasado aquella noche. Me vestí rápidamente y me dirigí al Ayuntamiento. Cuando llegué allá, el oso ya había parecido y los bohemios andaban por el pueblo tocando el pandero y haciéndole bailar. Le habían encontrado debajo de un hórreo donde se había comido más de una arroba de paja que allí estaba amontonada.
Cuando le conté el caso al alcalde quería desnudarse de risa y en vez de ponerme multa se la puso a los gitanos por haber dejado un animal peligroso en libertad.
Al salir del Ayuntamiento tropecé con mi amigo Rufo que había dormido en la taberna de Jerónimo debajo de una mesa. Le habían robado la guitarra y venía a dar queja al alcalde sospechando de los bohemios. No consiguió nada. El oso había parecido pero la guitarra no volvió a verla en su vida.»