VII
LA PARTIDA

La primavera sopló otra vez sobre nuestra feliz aldea; las rosas se abrieron, los mirlos cantaron en la pomarada, los terneros mugieron en el establo, los céfiros nos traían sobre sus alas perfumadas los rumores del bosque, gorjeos de pájaros enamorados: la zarzamora que tapizaba los caminos se llenaba de florecillas moradas: del balcón de mi cuarto colgaban ya los pámpanos que alegres temblaban al nacer la aurora...

Todos estos signos de la gloriosa resurrección de la naturaleza alegraba a los hombres y a los animales, pero a mí me inquietaban vivamente. Había oído decir repetidas veces a mi madre que en cuanto viniese la primavera partiríamos para Avilés. Por aquel tiempo no sabía yo que esta villa guardaba en su seno placeres mucho más exquisitos que los que podía brindarme Entralgo. Pensando en la escuela, en la gramática, en las planas, en la vara de avellano de don Juan de la Cruz se me ponía la carne de gallina.

¿A qué pensar en ello, sin embargo? Aquí estaban aguardándome a la puerta, como siempre, mis amigos Ramón, Sixto, José, Segundo, una guardia fiel y decidida que yo había logrado formarme durante mi estancia en la aldea. Corríamos los senderos, trepábamos a los árboles para alcanzar los nidos, hacíamos hogueras y asábamos allí patatas, cortábamos varas de sauco para construir tira-tacos, nos pasábamos horas enteras espiando la guarida de las anguilas en los arroyos, pero sin lograr jamás atrapar ninguna, toreábamos a los carneros (desde mi fatal aventura y en pocos meses había ya dado grandes pasos en el arte taurino), montábamos en todos los caballos que encontrábamos sueltos por los caminos.

Este último recreo ofrecía más de un peligro, para mí especialmente, que no era ni tan duro ni tan diestro como mis compañeros. Tuve ocasión de experimentarlo bien pronto. En una de aquellas tardes primaverales habíamos estado en el río levantando piedras y piedras para atrapar truchas. No era más que un simulacro, porque en el fondo estábamos persuadidos de que nunca pescaríamos una. Cuando nos fatigamos de aquel infructuoso ejercicio nos decidimos a regresar al pueblo. Apenas habíamos caminado algunos pasos tropezamos con un gran caballo pastando la yerba que crecía en aquel terreno guijarroso. Acometido de un vértigo de grandeza dije:

—Voy a montar ese caballo.

Los amigos trataron de disuadirme porque sabían perfectamente a qué atenerse respecto a mis adelantos en la equitación.

—Es demasiado alto.

—No importa. Vosotros me ayudaréis a montar.

Debo confesar que lo hicieron de mala gana, pero lo hicieron. Entre todos ellos fuí izado sobre el lomo del animal, que no era ni fogoso ni resabiado. Lo único que hizo fué trotar acompasadamente en dirección a la aldea. Pero yo no supe acomodarme a su compás, comencé a vacilar, perdí al fin el equilibrio y di pronto con las narices en el suelo.