VIII
AVILÉS
Cuando llegué a Madrid para estudiar mi carrera y vi en los escaparates de las tiendas de comestibles unos cartelitos que decían: Jamón de Avilés no pude menos de experimentar profunda sorpresa. A esta sorpresa siguió inmediatamente un sentimiento de vergüenza y de irritación. ¿Cómo? ¡La villa poética por excelencia, la villa de las mujeres hermosas y las canciones románticas, aquella blanca paloma del Cantábrico era conocida en el resto de España solamente por sus jamones!
Jamás pudiera imaginarlo ni lo imaginó ninguno de sus hijos. Viviendo en Avilés hasta entonces a nadie había oído gloriarse de esta grosera ventaja. Ni aun sabía que en Avilés existiesen cerdos. Mientras allí estuve no conocí más que uno, cierto administrador de correos que se comía las sardinas crudas y entregaba las cartas abiertas. Pero este administrador no había nacido en Avilés.
Si yo no he nacido tampoco en esta villa a ella me trajeron cuando contaba sólo algunos meses de edad. De modo que puedo y quiero considerarla como mi segunda patria.
Los avilesinos son nobles, alegres, probos y están dotados de viva imaginación, aman la música, son sentimentales y un poco románticos. Reina en este pueblo una amable jovialidad infantil que ensancha el corazón de cuantos viajeros lo visitan y aleja instantáneamente su mal humor. A muchos he oído decir que así que ponían los pies en Avilés se sentían cambiados, olvidaban sus penas y amaban otra vez la vida. Por todo lo cual sería muy justo que el Gobierno de la nación declarase a esta villa sanatorio oficial para los neurasténicos.
A mis oídos ha llegado el rumor de que los avilesinos actualmente toman en serio las mezquindades de la política. Me resisto a creerlo. Hace sesenta años en Avilés no existía la política ni nadie pensaba más que en servir a Dios y bailar habaneras. Si había elecciones, que yo lo dudo mucho, era cosa que se efectuaba allá en secreto en el Ayuntamiento entre unos cuantos señores que regresaban a la hora de comer a sus casas furiosos porque se les hubiera molestado para cosa tan baladí.
En cambio cuando se trataba de una romería todos éramos unos. Grandes y pequeños, hombres y mujeres, ancianos y niños marchábamos como un solo cuerpo. Si el santuario estaba lejos se iba por la mañana y las domésticas llevaban en grandes cestas la comida: si estaba cerca íbamos después de comer. Pero había uno, el más principal de todos, el de Nuestra Señora de la Luz que estaba cerca y sin embargo no faltaban sibaritas que al rayar el alba subían a la pintoresca colina provistos de bizcochos, compraban a las aldeanas pucheros de leche y después de proporcionarse este regalo jugaban con las vasijas hasta romperlas y volvían a casa para restituirse de nuevo a la romería por la tarde.
¿Qué se hacía en estas romerías? Pues bailar, bailar hasta caer exánime sobre el césped. En Avilés el no saber bailar constituye un crimen de lesa majestad. Todo el mundo habrá oído decir que de aquí han salido los primeros bailarines del mundo. Cuando por primera vez me llevaron mis padres a un baile del Liceo (tenía yo diez y seis años) mi madre me dijo gravemente:—«Anda ve a pedir este vals a Romana que es la que mejor lo baila en Avilés.»—Romana era una señorita de cuarenta años y bailaba de un modo increíble, como una sílfide veterana. Me arrebató en sus brazos y después de hacerme rodar como un trompo por espacio de un cuarto de hora me entregó casi privado de conocimiento a mis padres.
Se formaban corros de señoritas y corros de artesanas y en unos y otros se bailaba frenéticamente. No existía la lucha de clases; y la prueba es que muchos señoritos abandonaban el círculo de sus iguales y se introducían en el de las artesanas sin que los obreros se diesen por ofendidos. En los años que allí viví no he presenciado jamás una reyerta. ¡Cuán distintos de ellos los hijos belicosos del valle de Laviana donde vi la luz del día! Aquí no se celebraba romería sin que a la hora de ponerse el sol no viniesen fieramente a las manos las huestes acaudilladas respectivamente por Nolo de la Braña y Toribión de Lorio[3].
Al ponerse el sol regresaban los romeros a la villa entonando a dúo unas canciones románticas que aún me enternecen cuando las recuerdo.