Era la Bayamesa.

No recuerdas gentil Bayamesa
Que tú fuiste mi sol refulgente...

Era la Sútil nube

Sútil nube de luz ondulante.

Era el delicioso pasacalle que todo el mundo conoce.

Calle la del Rivero
Calle del Cristo.

Y algunos señoritos, sin duda para cantar con más afinación, traían colgada del brazo una linda menestrala más gentil y más ondulante que la bayamesa y la nube de sus canciones. Cantaban estas muchachas como los ángeles que rodean el trono del Altísimo y cuando las oía al pasar por el soportal debajo de mi casa me creía transportado al cielo. Mi padre pretendía que aliñaban el canto con adornos de mal gusto; pero no hay que hacer caso de mi padre en este punto porque había nacido en Oviedo y ya se sabe que todos los pueblos de la provincia, incluso la capital, nos tenían una envidia rabiosa.

La mayoría de las calles de Avilés está provista de arcos o pórticos que preservan de la lluvia y del sol al transeunte. Las dos más largas, la del Rivero, donde yo vivía, y la de Galiana, tienen al final cada una un santuario donde se venera un milagroso Cristo, como si la hermosa villa quisiera poner su alegría y su inocencia bajo la guarda de Aquel que dijo: «O niños o como niños».

Yo estaba persuadido en mi niñez de que estos pórticos se habían construído exclusivamente con el objeto de que nosotros los chicos pudiéramos divertirnos lo mismo que hiciera bueno que mal tiempo. Asimismo pensaba que la Providencia había colocado una espaciosa plaza delante de la iglesia de San Francisco llamada la Campa, para que nosotros pudiéramos jugar a la pelota, a la peonza y a Justicias y Ladrones, y delante del arruinado convento de la Merced, otro gran espacio llamado Campo Caín, donde había siempre grandes montones de lodo destinados sin duda alguna al juego del llancón (la estaca).

Pero cuando la Providencia se mostró verdaderamente perspicaz fué cuando sugirió al ministro de Fomento la idea de canalizar la ría y de enviar como director de las obras a un hermano de mi padre. Di gracias a Dios de todo corazón porque comprendí inmediatamente que todos aquellos trabajos y los millones gastados en ellos no tenían otro fin que el de poner a mi disposición un bote, el bote de la Empresa, para convidar a mis amigos y surcar con ellos en todas direcciones a marea baja y a marea alta la famosa ría. Tanto la surqué que en poco tiempo llegué a saberme de memoria las vueltas y revueltas del canal. A marea alta podría señalar, sin equivocarme en medio metro, el sitio por donde corría.