Avilés se compone de dos barrios, uno el de la villa propiamente dicha y otro el de Sabugo, donde habitan los marineros, pescadores y menestrales de menor cuantía. Los separaba en mi tiempo un brazo de la ría, sobre el cual había un puente de piedra. Hoy se ha cegado este brazo y sobre él han edificado una plaza y construído un parque. Para nosotros, los niños de la villa, Sabugo significaba el país enemigo. Allí estaban los bárbaros acechándonos noche y día para caer sobre nosotros al menor descuido y entregarse al pillaje. De allí salían aquellos bandidos que cuando nos apartábamos un poco del recinto de la villa para echar al aire nuestras sierpes (cometas) acudían feroces como si la tierra o por mejor decir el infierno los vomitasen y nos cortaban los hilos y se apoderaban de nuestras sierpes y además nos hartaban de bofetadas. ¿Dónde estaba la Reina? ¿Dónde estaba la Guardia civil? ¿Dónde estaba la policía para poner a buen recaudo a estos salteadores? Por ninguna parte asomaba la mano del poder coercitivo mostrando que vivíamos en una sociedad organizada. La vida de los niños repite sin cesar al través de los siglos el tipo anárquico de los tiempos primitivos.
Existía en Avilés una academia de música, un teatro, una sociedad de baile. De todo esto era el alma un tío mío oficial de artillería retirado y valetudinario. A pesar de sus crueles achaques este perfecto caballero esparcía la alegría y mantenía vivo en su pueblo natal el cultivo del arte. Cuando se erigió el pequeño teatro de la calle de la Cámara sus conciudadanos agradecidos le dejaron construir en apartado rincón un palco con celosía desde donde el buen viejo podía asistir a las representaciones sin ser visto.
La sociedad de baile llamada el Liceo estaba situada en el antiguo convento de San Francisco. Porque los arruinados conventos de la Merced y de San Francisco servían para todo, para escuelas, para cátedras, para cuartel, para oficinas, para aduanas... y hasta para salones de baile. El del Liceo era magnífico, de elevada techumbre y lindamente decorado. Los bailes se celebraban allí con toda pompa y majestad y eran el orgullo de la villa y la envidia de los extraños. Las damas y los caballeros que a ellos asistían o estaban unidos por los lazos del parentesco o eran amigos íntimos desde la infancia. En una población de ocho mil habitantes nada tiene de asombroso. Pues a pesar de eso todo se efectuaba allí con una gravedad y una corrección dignas de cualquier recepción diplomática. Las damas iban descotadas luciendo sus brazos y espaldas alabastrinas, los caballeros de frac y corbata blanca. El presidente nombraba la comisión de jóvenes introductores. La orquesta tocaba oculta desde una tribuna; los criados entraban a cierta hora con grandes bandejas de plata atestadas de confites. Se hablaba en voz baja, y los amigos con sus amigos y hasta los hermanos con sus hermanas adoptaban una actitud fría y cortesana. Todo era allí ceremonioso, imponente, dramático. Nadie dudaba de que al bailar un rigodón o una mazurca estaba cumpliendo con el sagrado deber de ilustrar a su patria.
Ya puede imaginarse el efecto que causaría la desenvoltura de un joven lánguido y displicente hijo de un banquero de Oviedo que en el baile más solemne de Avilés, nada menos que en el baile de San Agustín, penetró en el salón del Liceo con botas de color, americana de alpaca y una sombrilla en la mano. El presidente le envió un recado por medio del conserje para que desalojase inmediatamente. Así lo hizo, pero la herida estaba ya inferida. A la mañana siguiente la noticia corrió como un reguero de pólvora por todos los ámbitos de la población levantando una tempestad de protestas. La villa entera vibró de indignación y de cólera. Los jóvenes y los viejos, lo mismo los caballeros que los menestrales gimieron al unísono por aquella puñalada que a nuestra amada villa le habían dado por la espalda. En los cafés, en las tiendas, en medio de la calle se hacían comentarios acalorados. Debajo de los arcos del Ayuntamiento se formaron corrillos amenazadores. En el centro de uno de ellos un viejo capitán de barco mercante vociferaba aconsejando que se fuese al hotel donde el mequetrefe de Oviedo se alojaba y se le arrojase por el balcón. El mequetrefe, escuchando la voz de la prudencia, tomó a bien meterse en la diligencia de Oviedo sustrayéndose de este modo a un probable lynchamiento.
Los avilesinos son apasionados del arte lírico y dramático. Cada una de las compañías de verso, de zarzuela o de ópera que durante la temporada de verano venían a dar entre nosotros algunas representaciones, lograban conmover hasta los cimientos la villa y exaltar todos los ánimos. No sólo se aplaudía a los cómicos y cantantes en el teatro; se les festejaba fuera, se organizaban en su obsequio jiras campestres y excursiones marítimas y se aspiraba ambiciosamente a tratarles con intimidad. Nuestros jóvenes se creían felices el día que tuteaban al barítono o les llamaba por su nombre de pila la dama joven. El pueblo improvisaba coplas alusivas a ellos y se cantaban por la calle. Recuerdo que llegaron en cierta ocasión un tenor llamado Palermi y una tiple llamada la Dalti que lograron cautivar como nunca a la población. Habiendo enfermado ésta se oía cantar a los chicos y a las artesanas por las calles de Avilés:
| ¿Qué tienes Palermi |
| que tan triste estás? |
| Me falta la Dalti |
| no puedo cantar. |
Cuando la compañía contaba con dos tiples o dos tenores inmediatamente se tomaba parte por uno de ellos; la población se dividía en dos bandos: lo mismo en las tertulias particulares que en los cafés se discutía apasionadamente, se aquilataban sus méritos y se escudriñaban sus defectos. En cierta compañía llegaron dos tiples, una alta y gruesa a quien el pueblo llamó en seguida la tiplona, y otra bajita y menuda a quien se conoció por el sobrenombre de la tiplina. Una y otra tuvieron inmediatamente sus partidarios tan exaltados los unos como los otros. Los dos bandos riñeron una tarde en el paseo del Bombé y vinieron a las manos y un señorito partidario de la tiplona salió de la reyerta con las narices ensangrentadas.
Pero estas alegrías terminaban así que las Pléyades asomaban la punta de su carrito por el horizonte y el cierzo comenzaba a soplar frío y húmedo. Durante el invierno no había teatro. Algún prestidigitador extraviado, algunos exhibidores de vacas sabias o de focas amaestradas, niñas gordas, enanos y otros monstruos. Nada, en suma, que pudiera satisfacer los anhelos espirituales de aquel pueblo artista por excelencia.
No obstante, estos anhelos se abrían paso y se mostraban poderosos al través de las brumas, de la soledad y monotonía del invierno. Entregada a sus propios recursos la villa de Avilés mostraba su vitalidad y su amor a la carátula. Formábase una compañía de aficionados que actuaba con bastante frecuencia en el teatro. Entre estos aficionados había algunos que en mi opinión pudieran competir con los buenos actores que después he visto en Madrid. Había también un fecundísimo poeta llamado don Pedro Carreño que abastecía a la compañía de dramas, tragedias, comedias y entremeses. Este notable poeta no sólo escribía las obras dramáticas sino que, como Shakespeare, las dirigía y las representaba personalmente, si bien, como el gran poeta inglés, se reservaba sólo los papeles secundarios. Del inmenso catálogo de sus obras, sólo muy pocas fueron impresas en vida lo mismo que acaeció con las del autor de Hamlet, y para que la semejanza sea más completa añadiré que adoptaba también para ellas títulos caprichosos y fantásticos. Uno de sus dramas más aplaudidos se titulaba, si no recuerdo mal, Más vale que sierren tablas, de sabor verdaderamente shakespeariano.
Pero donde se hizo ostensible de manera más evidente el poder de nuestra raza y lo maravillosamente dotada que está para el cultivo de las Artes, fué cuando unos cuantos aficionados, luchando con dificultades increíbles, se resolvieron a poner en escena y cantar una ópera. No creo que ningún otro pueblo de España lo haya intentado siquiera. La ópera elegida fué la Lucía di Lammermoor del maestro Donizeti. Un ebanista de la calle de la Herrería llamado Mariño, que poseía una agradable voz de tenor, desempeñó el papel de Edgardo y un barbero de los arcos de la plaza el de barítono. Lo más escogido de la sociedad avilesina figuraba en los coros de ambos sexos.