¿Será arrogancia, por mi parte, el decir que una villa capaz de llevar a feliz término tales empresas merece ser conocida en el mundo de otro modo que por sus jamones?
IX
PRIMERAS IMPRESIONES
Mis primeras impresiones no son de Entralgo, aunque haya nacido allí como he dicho. La primera vez que me di cuenta de la existencia o me reconocí como un ser viviente fué en Avilés, debajo de una mesa. Estaba allí oculto, silencioso y trabajando. ¿En qué trabajaba? En abrir un agujero a un gran pan de cuatro libras que había logrado hacer descender desde la mesa hasta mis manos. No comprendo cómo pude llevar a feliz término esta grave operación tan superior a mis fuerzas, porque yo no contaría entonces más de dos años de edad. Para realizarla no disponía de maromas, cabestrantes y poleas, sino de mis propios brazos solamente, que a más de no tener nada de atléticos se hallaban algo trabados por una blusa verde demasiadamente almidonada. Tengo una idea de que el pan estaba al borde de la mesa y que le fuí haciendo resbalar poco a poco hasta que por su propio peso cayó sobre mí y como yo no podía sostenerle me dejé caer a mi vez en el suelo abrazado a él.
Ni mi madre, que bordaba en un rincón del comedor, ni una señora parienta suya que la acompañaba, ni la costurera, empeñadas todas tres en animada plática, se dieron cuenta del arriesgado trabajo preparatorio que yo acababa de realizar.
Una vez que me vi dueño del pan me arrastré cautelosamente hasta colocarme debajo de la mesa y allí principié mi tarea perforadora con la paciencia de un chino y la terquedad de un astur. Lo más difícil, lo que parecía casi imposible de realizar era la ruptura de la corteza. Yo la acometí, sin embargo, con buen ánimo. Humedeciendo el dedo con saliva y después de largo y penoso trabajo logré al fin romperla. Lo demás era relativamente fácil. El túnel se fué abriendo poco a poco y los escombros pasaban rápidamente a mi estómago.
Al cabo vi que mi madre preguntaba por mí. Se me buscó con la vista y cuando advirtieron que me hallaba debajo de la mesa y tenía un pan entre mis piernas quedaron altamente sorprendidas. Sin embargo, a la costurera no le pareció aquella situación decorosa para el hijo primogénito de una respetable familia y vino a sacarme de ella tomando el pan y colocándolo sobre la mesa. ¡Cómo podía figurarse que aquel pan no guardaba ya su integridad! Mis tiernas manos no podían, en efecto, atentar a ella de un modo violento pero ignoraban lo que puede el ingenio apretado por la necesidad.
Un escozor le acometió a mi madre y era que el pan podía haberse manchado en el suelo. Por su orden la costurera vino a comprobarlo. Al hacerlo dejó escapar un grito de sorpresa y después una alegre carcajada.
—¡Señora, mire por su vida lo que el niño ha hecho! ¡Qué cosa más graciosa!
El agujero debía de ser efectivamente muy gracioso porque mi madre y mi tía se retorcían de risa contemplándolo. Y según oía decir, entre las carcajadas que fluían de su boca, estaba admirablemente hecho; era una verdadera obra de arte.
Tal es mi primera impresión consciente en esta vida terrestre a la cual Dios plugo enviarme, y el dato intuitivo de más importancia que de ella adquirí por entonces. La perforación de un túnel fué mi primer trabajo serio en este mundo. Parecía por ello que yo estaba destinado a ser ingeniero. Sin embargo, no fué así como el lector verá si se digna seguir leyendo estas memorias.