Leoncio se sintió feliz desde aquel momento. No hay nada que dilate el alma tanto como un descubrimiento imprevisto. Desempolvó la famosa ballena, la envolvió esmeradamente en papeles de seda y sujetó estos papeles con una cuerdecita encarnada. Al día siguiente, sin duda para dar mayor solemnidad al acto, procuró retrasarse un poco para llegar a la escuela. Y cuando ya estábamos todos acomodados en nuestros bancos y el maestro allá en el fondo sentado detrás de su mesa, he aquí que aparece nuestro Leoncio con aquel extraño objeto en la mano, atraviesa erguido y sosegado el vasto salón y acercándose a la mesa del maestro deposita en ella gravemente su tesoro. Hecho lo cual, con la misma solemnidad se dirigió a su sitio y se sentó.

Una ardiente curiosidad se apoderó de todos nosotros. ¿Qué sería aquello? ¿Un regalo? Hubo alguno que imaginó sería un caramelo monstruoso semejante a los que nosotros chupábamos con delectación en cuanto teníamos algún dinero para comprarlos. Don Juan comenzó también a examinarlo con curiosidad antes de desenvolverlo. Al fin se decidió a quitarle los papeles y poco después quedó al descubierto la preciosa ballena.

Nuestra estupefacción fué enorme; pero nuestra indignación fué aún mucho mayor. Cincuenta pares de ojos se clavaron furibundos en el mofletudo Leoncio. Si estos ojos fueran dardos venenosos como los de las abejas, el mofletudo Leoncio hubiera perdido allí mismo la vida. Un sordo rumor, temeroso, corrió por toda la escuela. Si se analizase este rumor se vería inmediatamente que estaba compuesto de doscientos «¡miserable!», trescientos «¡cochino!» y lo menos quinientos «¡indecente!».

Leoncio se mantenía sosegado y satisfecho sin advertir el éxito extraordinario de su regalo. O si lo advertía, aparentaba mostrar que le tenía sin cuidado. Don Juan seguía examinando atentamente el famoso caramelo. Al cabo profirió con su voz meliflua:

—Leoncio, hijo mío, tenga usted la bondad de venir un momento.

Leoncio acudió solícito. Don Juan se levantó de la silla con calma, y sujetándole por el cuello le aplicó un cumplido vardascazo en el trasero. Leoncio dejó escapar un grito de dolor. A este grito respondimos nosotros con un rugido de alegría. Don Juan (¡Dios le bendiga!) secundó el golpe y con su acostumbrada modestia le estuvo solfeando un buen rato. Mientras duraba la operación parecía hablarse a sí mismo y le oímos murmurar:

—En efecto; es flexible... Es sólida... Se ciñe admirablemente.

¡Vaya si se ceñía! Que lo digan las nalgas del pobre Leoncio que seguía chillando como un condenado mientras nosotros respondíamos a sus lamentos con bárbaras carcajadas.

Cuando a don Juan de la Cruz le pareció bien probada la flexibilidad y la solidez del nuevo instrumento, soltó al sujeto de la experiencia y le dijo con voz suave y mirando, como siempre, humildemente al suelo:

—Hijo mío, en tiempos muy antiguos existía en la ciudad de Agrigento, en la Italia meridional, un tirano que se llamaba Falaris. Este tirano era tan cruel que se complacía en atormentar de mil maneras a todos aquellos que tenían la desgracia de no complacerle. Sucedió que uno de sus cortesanos, por captarse su benevolencia, le hizo regalo de un toro de bronce hueco donde se podía meter a la persona que se quisiera hacer morir atormentada. Debajo de este toro de bronce se encendía una hoguera y el desdichado que estaba dentro, al comenzar a asarse, dejaba escapar terribles gritos que al pasar por el cuello y la boca del toro semejaban los rugidos de esta fiera... Falaris quedó prendado de tan ingenioso artefacto y después de dar las gracias a quien se lo había regalado no se le ocurrió otra cosa mejor que ensayarlo metiendo dentro de él al propio inventor.