Cuando recuerdo este incidente de mi infancia no puedo menos de admirarme de mi extraña aberración. Porque al partirme de casa y buscar la soledad ¿qué es lo que me proponía? ¿Hacer penitencia y santificarme? ¿Pues qué penitencia más adecuada y eficaz que la que me infligían aquellos chicos? ¿Qué mejor ocasión para mostrarme resignado y humilde y seguir las huellas de Jesucristo?

De modo semejante durante el curso de mi vida Dios me ha ofrecido a manos llenas los medios de ser un santo; pero ¡ay! siempre he desperdiciado la ocasión.

XIII
LA VARA DE FALARIS

Si mi amigo Leoncio perteneciese todavía al número de los vivos dudo mucho que nadie osara recordarle el incidente que voy a narrar. Nada más fácil que saliese de su empresa con las narices hinchadas como habían salido por otros motivos Manolín el chocolatero, Pepín el hijo del carnicero y su hermano Ciriaco.

Porque mi amigo Leoncio, a pesar de su rostro mofletudo y plácido, era, cuando montaba en cólera, un ser furibundo y pernicioso y poseía unos puños que infundían respeto a toda la escuela de don Juan de la Cruz.

¿Quién no recuerda en Avilés a este don Juan de la Cruz tan modesto, tan melifluo, tan pulcro? ¿Quién no recuerda a aquel hombrecillo pálido, de cabellos lacios, de ojos negros guarnecidos de largas pestañas que apenas se alzaban del suelo con expresión tímida y humilde? Enseñó las primeras letras a tres generaciones y murió a los ochenta años declinando un pronombre relativo. Sosegado, grave, silencioso, atravesaba el salón de la escuela sin que nos diéramos cuenta de su presencia hasta que lo teníamos encima. La expresión apacible de su rostro no se turbaba jamás: no recuerdo haberle visto enfurecido. Un esbozo de sonrisa se dibujaba casi constantemente en sus labios. No era más que un conato de sonrisa que comenzaba en el ángulo izquierdo de la boca y allí se detenía sin pasar jamás al derecho. Rara vez nos miraba a la cara; nos hablaba ceremoniosamente de usted y cuando nos reprendía lo hacía siempre en voz baja con los ojos puestos en el suelo como si se estuviera confesando de alguna falta. Nos tajaba las plumas, que eran de ave en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel parecía que nos estaba haciendo reverencias.

Las varas que empleaba para esta operación delicada eran generalmente de avellano y se las proporcionaban los mismos chicos de la escuela, hijos de labradores que residían en los alrededores de la villa. Eran muy adecuadas para levantarnos la piel y hacernos ver las estrellas. Recuerdo que en cierta ocasión en que me hallaba dulcemente entretenido en frotar un botón de bronce contra el pupitre hasta ponerlo bien caliente y luego aplicarlo a las manos de los compañeros que tenía cerca, sentí en la espalda y en la nuca la impresión de cien botones de fuego. Me volví y vi a don Juan que me sacudió cortésmente otros seis lapos y me dijo después con voz dulce como el soplo de la brisa entre las flores:

—Hijo mío, aplíquese al estudio y déjese de fútiles entretenimientos.

Pero estas varas tenían, como todas las cosas de este mundo, una ventaja y una desventaja. Para don Juan tenían el inconveniente de que se concluían pronto y necesitaba renovarlas, lo cual no siempre era fácil porque los chicos aldeanos con pretextos más o menos fundados se resistían algunas veces a proporcionarlas. En cambio para nosotros poseían la ventaja de que muy pronto se les quebraba las puntas y entonces ya no ceñían la carne y su golpe era menos doloroso. Así que los chicos más despejados procurábamos cuidadosamente no estrenarlas, porque entonces y sólo entonces poseían toda su virtud maléfica. Cuando las veíamos bien despuntadas, nuestra conducta empezaba a relajarse.

Mi amigo Leoncio, que era un chico de gran talento y además complaciente y servicial como pocos, quiso obviar el inconveniente que ofrecían las varas de avellano para el maestro. Pensando constantemente en ello como Newton en la gravitación universal, acertó al cabo con la solución. La caída de una manzana sugirió al pensador inglés la idea de la fuerza de atracción. La vista de una ballena del corsé de su mamá iluminó repentinamente el cerebro del mofletudo Leoncio. Exploró un día y otro día el desván de su casa donde se amontonaban mil cachivaches. Al cabo tropezó con una ballena delgada y redonda y del tamaño aproximadamente de las varas que don Juan de la Cruz empleaba.