—¡No! ¡no las he robado!... Mi madre no me pega.

Yo me creía salvado, pero así que concluyó con Alfonso la emprendió conmigo «por haberle ayudado», según decía.

—Bueno. Ahora largo de aquí. Y si decís una palabra de todo esto en casa contad conmigo—profirió Antón tumbándose de nuevo en el césped con la pereza displicente de un déspota oriental.

Ibamos ya a seguir tan saludable consejo, pero estaba de Dios que no habíamos de salir tan pronto de las garras de aquellos piratas.

—Oye, Antón, ¿no te parece que enseñemos a estos chicos el ejercicio?—manifestó Anguila.

—Haz lo que quieras—respondió el zapatero encogiéndose de hombros con su acostumbrada displicencia.

Anguila cortó dos largas varas de los árboles que bordaban el camino y nos las puso en la mano.

—¡Firmes!... ¡Tercien... ar!... ¡Presenten... ar!... ¡Apunten... ar!... ¡En su lugar... descanso!... ¡Media vuelta a la derecha... deré!

Más de una hora duró nuestro martirio. Bofetadas, repelones, puntapiés, estirones de orejas, de todo hubo y en abundancia. El sargento más bárbaro no lo hubiera hecho mejor. Si llorábamos más de la cuenta nos hacía callar a mojicones. Por fin, cuando se hubo hartado de darlos nos dejó marchar.

Libres ya, no continuamos hacia el desierto para regenerarnos por medio de la penitencia sino que caminamos apresuradamente la vuelta del poblado. Llevábamos los ojos enrojecidos por el llanto y las mejillas por las bofetadas; pero yo llevaba más roja aún el alma por la cólera y la rabia. Un ansia loca de venganza me subía a la garganta y parecía asfixiarme rompiendo por intervalos en terribles imprecaciones y gritos inarticulados. En cuanto llegase a la villa se lo diría a Emilio el Herrador. Nosotros, los chicos de la escuela en Avilés, teníamos, siguiendo la costumbre espartana, un mozalbete que nos servía de protector o que «saltaba por nosotros», como decíamos en la jerga infantil. Emilio el Herrador había saltado siempre por mí. Estaba seguro de que en cuanto supiera la infamia hecha conmigo entraría a saco en el barrio de Sabugo y no dejaría piedra sobre piedra. El pobre Alfonso lloraba y suspiraba en silencio.