Y Anguila humildemente fué a depositarlos a sus pies. Se echaba de ver que Antón era el emperador y Anguila su bufón. Salió mi peonza que en la misma forma fué depositada con los caramelos. Y salieron mis zapatillas. Estas fueron despreciadas, y envueltas en su papel, volvieron al bolsillo de mi chaqueta.
Comenzó en seguida el de Alfonso. Traía un pedazo de pan, que Anguila se puso a morder acto continuo después de haberse cerciorado, con una rápida mirada que echó a Antón, de que aquello no le interesaba. Y salió el papelito de las disciplinas. Anguila al desdoblarlo quedó estupefacto.
—¿Qué es esto?... ¡El diablo me lleve si no son unas disciplinas!
Antón se puso en pie de un salto y las tomó en la mano.
—¡Pues sí que son unas disciplinas!
Y aquel rostro espantable se contrajo con una risa que daba miedo.
—¡Ay qué gracia!... ¡Unas disciplinas! ¡Ay qué risa!
Y efectivamente se retorcía de risa y Anguila lo mismo.
—Estas son las disciplinas con que te azota tu madre, ¿verdad? Y tú se las has robado, ¿verdad? Pues eso no se hace. ¡Toma, para que no lo hagas otra vez!
Y la emprendió a zurriagazos con mi pobre amigo que chillaba con su vocecita dulce.