—¿Adónde vais «vos digo» granujas?

Oírse llamar granujas, dos seres tan espirituales como nosotros por aquel miserable andrajoso era cosa para inspirar risa más que cólera.

Ni una ni otra nos inspiró la pregunta. Lo que ambos experimentamos en aquel instante fué, hablando con toda franqueza, miedo, un miedo cerval.

—Vamos a San Cristóbal—balbuceé yo con toda la humildad, con toda la sumisión de que puede ser capaz un ser humano.

—¿Y a qué vais a San Cristóbal?

—Vamos a dar un recado al señor cura—murmuré con más humildad y sumisión todavía.

—Bueno, pues, atracad al muelle y echad el ancla que aquí están los carabineros para hacer el registro.

Y echó a andar de nuevo hacia el prado donde aún permanecía tendido su digno compañero que nos dirigía una insistente mirada fría y cruel. Le seguimos como dos mansos corderos. ¿Y qué íbamos a hacer? Nosotros teníamos nueve años y aquellos malhechores lo menos doce; pero aparte de eso su indómita fiereza primitiva como seres que aun no han salido de la barbarie les daba una superioridad reconocida, tratándose de guerra, sobre dos chicos tan civilizados como nosotros.

Efectivamente comenzó el registro que llevó a cabo Anguila con toda escrupulosidad, empezando por mí. Antón el zapatero no se dignó siquiera moverse. Salieron a relucir mis caramelos, que fueron instantáneamente decomisados; pero Antón con un gesto imperioso dijo:

—Trae aquí eso.