No habíamos andado un kilómetro cuando tumbados sobre el blando césped, a la vera del camino, acertamos a ver dos pillastres de Sabugo. El uno era Antón el zapatero, muchacho ferocísimo, conocido en la villa por sus hazañas y temido de todos los niños por sus crueldades. El otro un pilluelo apodado Anguila, feo y grotesco que divertía al vecindario en los días de regatas con sus sandeces cuando desnudo y embadurnado de lodo para no resbalar intentaba subir la cucaña. Era un payaso consumado del cual ya hablaré más adelante.
Al divisarlos me dió un vuelco el corazón y creo que a mi amigo Alfonso, a pesar de su santidad, le pasó otro tanto.
—Ahí están esos—proferí sordamente.
—Ya los veo—me respondió Alfonso lacónicamente.
—Pasemos de largo como si no los viésemos.
Y en efecto, mirando al cielo, mirando a la tierra, mirando a todos lados menos al punto determinado en que se hallaba aquel par de alhajas intentamos cruzar apretando el paso. Eramos los pobres avestruces que meten la cabeza bajo el ala cuando divisan al cazador.
—¡Eh! chicos... ¿Adónde vais?
Nada; no oímos nada.
—¡Eh! chicos... ¿Adónde vais?
La misma sordera inveterada. Tratamos de seguir adelante; pero Anguila se levantó rápidamente y en dos saltos se plantó delante de nosotros.