Aún me veo en el mes de Mayo cantando por las calles de Avilés la letanía de la Virgen. Todos los niños de la escuela formábamos en dos filas. En el centro iba una gran cruz cubierta de flores, soportada alternativamente por los más fuertes entre nosotros. Detrás de ella caminaban algunos sacerdotes acompañados del maestro. ¡Oh, qué luz radiosa en el cielo! ¡Qué alegría en la tierra! Estábamos en el mes de las flores y cada uno de nosotros con un puñado de ellas en la mano marchábamos cantando para ofrecerlas a la Reina del Cielo. Y al volver nuestra cabeza descubierta hacia las puertas y los balcones de las casas no tropezábamos con las miradas burlonas, con las sonrisas escépticas que hielan el corazón de la infancia. No; los hombres graves y silenciosos hacían un imperceptible signo de aprobación; las mujeres enternecidas nos enviaban con los ojos afectuosas bendiciones. Para que un pueblo viva unido y forme una gran familia, para que exista la verdadera patria no basta que articulemos el mismo idioma, es necesario que balbuceemos las mismas oraciones. Nuestro pequeño corazón latía feliz dentro del pecho porque nos sentíamos amados y protegidos por el pueblo entero, porque aquellos hombres y aquellas mujeres que se asomaban a los balcones o se agolpaban en las aceras para vernos pasar respetaban nuestra fe y nuestra inocencia.
Mi amigo Alfonso, un niño pálido, bueno y pacífico, se mostraba más piadoso que ninguno. Su madre, que era una santa mujer, le llevaba a misa todos los días antes de la escuela, le veíamos en las procesiones con un pequeño cirio en la mano y alguna vez también cuando por las tardes de los días de fiesta se me ocurría asomarme a la iglesia delante de la cual jugábamos, le veía en la nave solitaria del templo orando ante los altares. Aunque yo era de un humor bastante distinto y me gustaban los juegos con pasión y mostraba tanto ardor como el que más en las peleas, me sentía, no obstante, atraído hacia aquel niño y buscaba su amistad. No me la otorgó él fácilmente. Como todos los seres espirituales era tímido y retraído y mi carácter turbulento debía de impresionarle desagradablemente. Pero al fin logré ganar su confianza y entonces fué expansivo y afectuoso conmigo, y con el celo de un pequeño apóstol procuró ganarme para Dios y la Virgen. Estaba yo preparado para ello porque en el fondo del alma siempre he sido idealista y aunque en el curso de mi vida haya amontonado sobre este fuego sagrado mucho polvo y mucho escombro, por fortuna nunca ha llegado a apagarse.
El me decía que no era necesario pensar tanto en esta vida efímera, que aun la más larga valía poco y que pudiéramos morir antes de llegar a viejos. ¡Cuán en lo cierto estaba aquel piadoso niño, pues que murió antes de salir de la adolescencia! Me decía que debíamos ser buenos como los ángeles para poder estar algún día entre ellos y que si nos encomendábamos todos los días a la Virgen y a San José ellos nos sacarían de los peligros de este mundo. Empezamos a pasar largas horas en confidencias místicas. Me llevó a su casa y vi con asombro y placer que su madre le había dejado un cuartito para oratorio y que él lo había arreglado tan primorosamente que no faltaba allí nada de lo que se hallaba en las iglesias. Un altar con su retablo y su sabanilla, una imagen de la Virgen del Carmen, otra de San José, un Niño Jesús, incensario, ciriales, casulla, bonete. Él celebraba misa y yo le ayudaba. Los días de gran fiesta, la mamá, los hermanos mayores y los criados venían a presenciarla, se cantaba la letanía, se hacía una procesión por el jardín y se quemaba tanto incienso y se formaba tal espesa humareda en el cuartito que alguna vez pensaba ahogarme.
Nuestro fervor iba cada día en aumento. No sólo celebrábamos misa sino que también confesábamos. Alfonso mostraba enormes disposiciones para el confesonario y ataba y desataba los pecados como el más experto penitenciario. Vestido con un roquete que su madre le había cosido y sentado dentro de un gran cajón que colocábamos en sentido vertical y al cual habíamos abierto a un lado algunos agujeritos con una barrena, confesaba a sus hermanitas, me confesaba a mí y alguna vez venían también las criadas a arrodillarse y con la boca pegada a aquellos agujeritos decían sus pecados y recibían la absolución. Estas no se mostraban tan contritas y arrepentidas como fuera de desear porque se les escapaba no pocas veces la risa y obligaban al confesor a mostrarse demasiado severo y amenazarles con que lo diría a su mamá. Porque mi amigo Alfonso tomaba aquello muy en serio, nos daba consejos excelentes, nos pintaba con minuciosos detalles las penas del infierno, nos exhortaba a la penitencia y por último nos echaba la absolución alargando su manecita para que la besáramos con la misma gravedad que un padre jesuíta.
Un día me dijo que su hermanita más pequeña estaba muy enferma y para que no se muriese él rezaba todos los días una hora de rodillas sobre las piedras y se había frotado el pecho con ortigas. Y, en efecto, abriendo el chaleco y la camisa me mostró sus tiernas carnes enrojecidas. Me sentí conmovido y admirado. «Yo también quiero hacer alguna penitencia por que tu hermana no se muera», le dije. Y dicho y hecho, bajo al jardín con él y llevo mis manos con resolución a las ortigas, pero ¡ay! fué tal el dolor, que di un grito y comencé a llorar. Alfonso asustado subió a casa por aceite y me untó delicadamente las manos. Después me abrazó y me consoló diciéndome que aún no estaba preparado para las penitencias, pero que al cabo lograría hacerlas mayores aún que él.
Leíamos las vidas de los santos y las que más nos placían eran las de aquellos que se habían retirado a un desierto y habían pasado largos años oyendo cantar los pájaros y alimentándose con frutas y con los mariscos que hallaban entre las peñas. Nada tiene de particular porque yo era apasionadísimo de las cerezas y de los caracoles de mar. Ignoro de quién de los dos partió la idea, pero un día concebimos el proyecto de retirarnos nosotros igualmente del mundo y de sus pompas para hacer penitencia. Viviríamos los dos solos en algún paraje apartado, comeríamos lo que los campesinos quisieran darnos de limosna, haríamos oración por nuestras familias y cuando fuéramos grandes vendríamos a predicar a Avilés y a otras villas. ¿Dónde encontrar el paraje solitario? Alfonso me dijo que a una legua próximamente de Avilés había visto una cueva cerca del mar que parecía hecha a propósito para que nos retiráramos allí e hiciésemos vida cenobítica.
Meditamos nuestro proyecto largamente y sólo nos decidimos a ponerlo en práctica después de maduras reflexiones. Una de las graves cuestiones que debatimos fué la de resolver si habíamos de renunciar a nuestras familias para siempre o habíamos de visitarlas alguna vez. Alfonso opinaba que debíamos de venir cada año a ver a nuestros papás: yo creía que debíamos de venir cada seis meses. Por fin decidimos que vendríamos cada ocho días a mudarnos la ropa interior. Ni por un momento se nos pasó por la imaginación que aquéllas pudieran oponer reparos a nuestra resolución. Alfonso decía que su mamá era tan piadosa que lloraría lágrimas de placer al saberlo. Yo no estaba tan seguro de la mía, pero aunque no llorase precisamente de placer, estaba seguro de que se sentiría honrada viendo a su hijo emprender valerosamente la carrera de santo. De todos modos decidimos marcharnos sin decir una palabra para evitar escenas patéticas.
Ahora bien; en esta mi resolución de abandonar el mundo ¿no habría también cierto vago deseo de abandonar la escuela? Porque recuerdo que la vara de avellano que usaba el maestro don Juan de la Cruz no me inspiraba simpatía, ni tampoco los coscorrones y bofetadas del pasante, ni me placía estar de rodillas una hora con las narices en la pared cuando mi plana tenía algunos borrones. Y todavía me parece experimentar la sensación dolorosa que me penetraba cuando en el portal de casa mi padre me despedía con un beso al marchar a la escuela, después de comer. Nos separábamos; yo seguía por los arcos hacia mi triste destino y le veía a él atravesar la plaza hacia el casino fumando un cigarro puro. ¿Cuándo sería yo grande para hacer lo mismo? Es posible, pues, que en mis ardorosos deseos de sacrificarme entrase, aunque fuese en pequeña dosis, el placer de apartarme de otros deberes, porque nuestras resoluciones en la vida casi nunca están determinadas por un solo motivo. No conviene, sin embargo, profundizar demasiado en el alma de los místicos.
Salimos, pues, un día a cosa de las tres de la tarde después de comer en busca de la cueva santificante. Yo llevaba como equipaje, repartidos por los bolsillos, unas zapatillas, una cajita de caramelos que me había regalado mi madrina el día anterior y la peonza. No era, en verdad, bagaje adecuado para un penitente que huye los placeres de la carne, pero en este punto fiaba por completo en mi amigo Alfonso y no me equivocaba. Mi piadosísimo amigo llevaba por todo equipo y envueltas cuidadosamente en un papel, unas preciosas disciplinas fabricadas con sus propias, delicadas manos. Eran de cuerda y tenían por mango el de una comba y al cabo de cada ramal unos primorosos nuditos que debían de ser menos dulces que los caramelos de mi madrina.
Antes de partir, y por iniciativa de Alfonso, habíamos orado unos momentos en la iglesia de San Francisco. Luego atravesando el campo Caín y bordeando el enemigo barrio de Sabugo, sin entrar en él salimos al camino de San Cristóbal. Antes de media hora llegaríamos al sitio denominado la Garita sobre el mar. No muy lejos de él se hallaba la cueva que había visto o había creído ver mi amigo Alfonso. Caminábamos silenciosos. Alfonso iba gozosísimo, resplandeciente. Yo no tan resplandeciente.