—Ahí tenéis un niño que afirma que está excomulgado.
Carcajada general. Todos se ponen a gritar a un tiempo:
—¡Excomulgado! ¡excomulgado! ¡excomulgado! ¡ja! ¡ja! ¡ja! ¡excomulgado! ¡ja! ¡ja! ¡ja!
Se armó una batahola infernal. Uno me ofrecía un pastelito, otro una copa de cognac, otro un cigarro; me besaban, me zarandeaban, me estrujaban sin dejar de reír y de exclamar:
—¡Excomulgado! ¡excomulgado!
Tanto rieron que al cabo también yo concluí por reír. Y he aquí cómo a fuerza de carcajadas logré entrar de nuevo en el seno de la Iglesia católica.
XII
RESUELVO HACERME ERMITAÑO
¡Hermosos días de fe venid a mí! Soplad en este corazón herido por los desengaños, soplad en este pensamiento marchito por tanto estéril trabajo. Refrescadme unos instantes. Que vuelva a ser al despertarme el niño que se postraba de rodillas sobre su diminuto lecho y vuelto hacia una imagen de Jesús Crucificado le pedía con palabras fervorosas la salud de mis padres y la salvación de mi alma. Dejadme ver otra vez en el azul del cielo la imagen de María, hollando con su divina planta el creciente de la luna rodeada de niños alados. Dejad que lleguen a mis oídos como entonces sus cánticos celestes. Dejadme sentir de nuevo sobre la frente las alas del Angel de mi guarda al tiempo de dormirme.
Aún me veo en la iglesia de San Francisco oyendo misa con mi padre. Los sones del órgano me transportaban; la voz de bajo profundo de Fray Antonio Arenas cantando desde el coro me estremecía con santo terror; las nubes de incienso me embriagaban. Y allá en lo alto, sobre el altar mayor veía una hermosa escultura de la Virgen envuelta en una luz fantástica que dejaban filtrar los cristales de color. Y mis ojos no se apartaban de ella y hacia ella volaba mi corazón con ansias de dicha inmortal. Entonces pasaban por mi alma sublimes emociones que por experimentarlas de nuevo diera cien vidas si las tuviese, emociones que espero sentir después de la muerte.
Aún me veo caminando con mi madre bajo los arcos de la calle de Galiana hacia el santuario donde se venera al Cristo con la cruz sobre los hombros. La noche ha cerrado ya. A esta hora próxima al crepúsculo las damas piadosas de Avilés tienen costumbre de ir a rezar un credo delante de la milagrosa imagen. Los arcos apenas están esclarecidos. Allá hacia el medio, sobre uno de ellos hay una hornacina y dentro una pequeña escultura de la Virgen alumbrada por una lámpara de aceite. Algunas parejas enamoradas se sientan en los pretiles de la calle. Sólo percibimos sus bultos y escuchamos el rumor de su plática. Llegamos al santuario; subimos algunos peldaños; nos postramos delante de Jesús agobiado bajo el peso de la Cruz y su frente pálida coronada de espinas me infunde una compasión infinita. Sus ojos me miran doloridos y parecen decirme: «Hijo mío, hoy eres dichoso, pero si algún día estás triste acuérdate de mí.»