—¡Niño! ¿Te has vuelto loco? ¿Pero qué estás ahí diciendo? ¿Por qué dices eso?

Entonces yo caí en sus brazos y exclamé sollozando:

—¡Mamá, porque estoy excomulgado!

Y entre suspiros y sollozos le conté todo lo que me había ocurrido. Yo pensé que mi buena mamá iba a quedar aterrada, pero ¡oh sorpresa! en vez de eso comienza a reír como una loca exclamando:

—¡Ay qué gracia! ¡excomulgado! ¡excomulgado!

Y me abraza y me besa repetidas veces.

Inmediatamente llama a mi padre y sin dejar de reír le dice:

—¿No sabes que este niño está excomulgado?

Y mi padre suelta la carcajada igualmente como si fuera un caso chistosísimo. Me hace contar de nuevo la ocurrencia y limpiándome las lágrimas y besándome tiernamente como había hecho mi madre me lleva hasta el comedor. Todo el mundo estaba alegre allí y recuerdo que hasta las señoras tenían unas chapitas rojas en las mejillas.

Mi padre abrió la puerta y empujándome adentro dice en voz alta: