Otra cosa que no podía sufrir era que me llamasen para rezar el rosario. Hacía esfuerzos increíbles de habilidad buscando pretextos para no rezarlo. Cuando no podía menos cerraba la boca herméticamente sin responder a la oración. Esto, como es lógico, me valía algunos pellizcos de mi piadosa madre.

En fin, tales cosas hice y tan extraña fué mi conducta que aquélla me llamó a capítulo. Se encerró conmigo en el cuarto de la plancha y me hizo sufrir un apremiante interrogatorio.

Recuerdo que era el santo de mi padre. Habían sido invitadas diez o doce personas, casi todos parientes, a comer, y estaban de sobremesa. Desde la habitación en que nos hallábamos se oía el ruido de su conversación.

—Vamos a ver niño, quiero que me digas qué es lo que te pasa. ¿Por qué estás tan triste? ¿Por qué no juegas? ¿Por qué no comes? ¿Por qué huyes de todo el mundo?

Afirmé descaradamente que no me pasaba nada digno de mencionarse. Pero mi madre estaba resuelta a descubrir el secreto y empleando alternativamente las caricias y las amenazas logró arrancármelo.

—Mamá—le dije al cabo—yo quiero ir a Roma.

Mi madre abrió los ojos como si hubiera visto en aquel momento bajar por el aire volando un buey y posarse sobre la flecha de la torre de la iglesia de San Francisco.

—¡Niño! ¿Qué dices? ¿Cómo quieres ir a Roma?

—Quiero ir a pie.

Mi madre abrió otra vez los ojos como si escuchase gritar al buey desde la torre: «¡Viva la república!»