—¿Crees que don Manolito el capellán de las monjas me puede levantar la excomunión?
—No; don Manolito no tiene poder para ello. Es necesario que hagas mucha penitencia y luego vayas a Roma para que el Papa te perdone.
Entonces callé y me decidí a hacer penitencia.
Aquella tarde me dió mi madre para merendar unas ciruelas y sigilosamente las arrojé por el tubo del retrete. Por la noche también me levanté de la mesa sin comer el postre. Al día siguiente pasé largos ratos de rodillas y con los brazos en cruz y después de comer salí con el postre en la mano pretextando que iba a comerlo al balcón pero fué para arrojarlo igualmente al retrete.
No recuerdo bien ahora las penitencias que hice en aquellos días, pero fueron muchas y terribles. Sé que me levantaba en medio de la noche y me acostaba sobre el duro entarimado y que me pinchaba alguna vez los brazos con un alfiler. Hasta se me ocurrió meter algunas ortigas en la cama, pero no las hallé en el jardín. Vagaba silencioso por la casa, rechazaba la compañía de mi primo José María que tanto me placía, lloraba amargamente oculto en los rincones y no parecía siquiera por la sala cuando había gente.
No sé quién ha dicho que las excomuniones engordan. ¡Mentira! Yo me puse en ocho días flaco y amarillo que daba pena verme. Mi madre dijo un día en voz alta:
—Este niño está enfermo; hay que llamar a don Gregorio.
Don Gregorio era el monstruo que ya conoce el lector. Yo protesté que nada tenía y nada me dolía.
Una de las penas para mí mayores y la más afrentosa era que Pepa huía de mí como si temiese contaminarse de mi herejía. Alguna vez cuando me encontraba por los pasillos clavaba en mí una mirada severa y me decía con acento lúgubre e imperioso: