—Señora y tía mía, está usted en un error. A la excomunión deben preceder las moniciones canónicas exigidas por las palabras mismas de Jesucristo en el Evangelio y por la doctrina de la Iglesia. El Concilio de Lyon mandó que fuesen tres o una sola, según los casos: nisi factis necessitas aliter ea suaserit moderanda. El Concilio de Trento determinó que hubieran de preceder por lo menos dos amonestaciones.
Nada de esto dije porque no lo sabía. Lo único que hice fué no hacer nada. Quedé paralizado, yerto y debí ponerme más blanco que un papel. Sentí también que algo como si fuese una entraña se me desprendía allá dentro.
La tía Florentina corrió hacia mí y a empellones me llevó hasta la puerta y sin decir palabra la cerró con gran estrépito.
Pepa y yo quedamos aterrados, mudos, y salimos del convento apresuradamente. Mi terror y mi angustia eran tan grandes que no podía siquiera llorar. Pepa no pronunciaba una palabra. Al cabo tuve fuerza para decirle:
—Pepa, no dirás nada a mamá, ¿verdad?
—No; no diré nada—me respondió secamente.
Al cabo de un rato la pregunté tímidamente:
—¿Los excomulgados no pueden oír misa?
—No; los excomulgados no pueden oír misa ni pueden rezar.
Al cabo de otro rato más largo aún le pregunté de nuevo: