Mi madre me enviaba algunas veces al convento con Pepa para traer o llevar algún recado a su tía. Esta Pepa, nuestra criada, era una mujer estúpida y embustera, estúpida y embustera aun para criada, que me contaba cómo había visto al diablo varias veces allá en su aldea, el cual le había tomado ojeriza sin saber por qué. Cuando por la noche dejaba la cocina, bien limpia y bien arregladita, a la mañana siguiente la encontraba toda sucia y revuelta, los pucheros fuera de su sitio, la pila del agua llena de inmundicias, la ceniza esparcida por el suelo. Una noche le había acechado y le vió entrar por el tubo de la chimenea. Entonces ella hizo la señal de la cruz y el diablo lanzó un rugido y se escapó de nuevo por la chimenea, pero ella pudo agarrarle la punta del rabo y le hubiera retenido a no ser porque el maldito se volvió rápidamente y le dió un terrible mordisco en la mano.
A mí con esas cosas se me erizaban los cabellos.
Mi tía doña Florentina nos hablaba casi siempre por detrás del torno y estos coloquios excitaban mi imaginación aunque lo que nos decíamos nada tenía de misterioso. Me preguntaba por la salud de mi madre, siempre vacilante, si había salido bueno el dulce de ciruela que nos había enviado, si sabía ya el catecismo y si llevaba siempre en el pecho la medalla que me había regalado. Por el torno me pasaba también algunos paquetitos de aquel dulce de azahar de feliz recordación.
Pero alguna que otra vez mi tía doña Florentina abría la gran puerta del zaguán y se mostraba de cuerpo entero. Al través de esta puerta se veía el claustro con su vetusta arquería de piedra y en el centro algunos árboles cuyo follaje apenas dejaba entrar la luz en él. Nada me ha parecido jamás en la vida más poético, más fantástico y misterioso que aquel claustro del convento de San Bernardo. Se hallaba más bajo que el portal, de suerte que para pasar a él era necesario descender un escalón. Mi tía de la parte de adentro parecía mucho más pequeña que Pepa y su cabeza casi estaba al nivel de la mía. En esta forma nos recibía y nos hablaba. Es decir, se hablaban ella y Pepa, porque yo permanecía silencioso y sobrecogido contemplando aquel claustro sombrío y encantado, el cual me atraía, me fascinaba como la ninfa Loreley debajo del agua fascina a los que contemplan el fondo del mar desde la orilla.
Mi tía era gárrula; mi criada Pepa lo era aún más. Charlando, charlando, dejaban transcurrir el tiempo y llegaban casi a olvidarse de que yo estaba allí.
Acaeció que un día cedí a la fascinación que sobre mí ejercía aquel claustro y aunque era un pecado horrible, sin darme cuenta de lo que hacía bajé el escalón y me introduje en él. Mi tía y Pepa se hallaban tan embebidas en su charla que no se dieron cuenta de mi ausencia.
Yo dejaba deslizar mis pasos sacrílegos sobre las losas húmedas y parecía querer beber con los ojos el encanto misterioso de aquel paraje. La luz del sol, que se filtraba con trabajo por el follaje de las acacias y los plátanos, formaba arabescos en el pavimento. Una fuente de piedra, deteriorada, cubierta de musgo hacía correr un hilito de agua con rumor melancólico. Un pájaro cantaba entre las hojas y me parecía distinto de los pájaros que hasta entonces había oído. Era un pájaro ascético, litúrgico y enclaustrado también como las monjas.
Mas he aquí que mi tía Florentina me echa al fin de menos, vuelve la vista a todos lados y me divisa allá a lo lejos. Lanza un grito, eleva sus manos al cielo y exclama con desesperación:
—¡Ay, hijo de mi alma, que estás excomulgado!
Yo debí contestarle entonces: