XI
DE CÓMO FUÍ EXCOMULGADO

Ignoro si la excomunión en que incurrí era mayor o menor, de las llamadas ferendae, sententiae o de latae sententiae; pero es innegable que había incurrido en una de ellas.

Contaba yo a la sazón siete años y acaeció poco después de mi primera hegira a Entralgo.

En el convento de San Bernardo de Avilés vegetaba, renqueaba, salmodiaba el oficio y se atascaba de rapé la nariz desde hacía setenta años una hermana de mi bisabuela llamada doña Florentina. Había entrado en él a los doce años: por consiguiente tenía ochenta y dos. En la familia no se la llamaba madre Florentina ni hermana Florentina, aunque fuese monja profesa. Mi misma madre cuando hablaba de ella decía siempre: «mi tía doña Florentina».

Aquel convento de San Bernardo ejercía sobre mí un atractivo inexplicable al que se mezclaba un poquito de miedo. Cuando mi madre me llevaba a misa, en vez de atender al oficio divino pasaba el tiempo en extática contemplación del coro de las monjas que al través de la verja de hierro se veía envuelto en tenue y fantástica claridad. Era una claridad adorable, misteriosa. Las blancas figuras de las religiosas y sus voces plañideras, y sus rezos incomprensibles hacían palpitar mi corazón con vagos anhelos de felicidad celestial. Mi cabeza infantil se poblaba de sueños hasta que mi madre me daba sobre ella un coscorrón invitándome a volverla hacia el altar mayor.

Además el convento ofrecía para mí un atractivo infinitamente mayor y que nada tenía de fantástico. De allí salían unas rosquillas embutidas de crema y bañadas de azúcar que parecían fabricadas por los ángeles y un cierto confite llamado flor de azahar más divino todavía. Se componía de unas escamitas blancas y tan dulces que se pasaban sin sentir. No he vuelto a comerlo en mi vida ni he logrado siquiera verlo, a pesar de las largas y serias investigaciones que para ello llevé a cabo.

No sé si sería a causa de las rosquillas o por otro motivo espiritual, pero es lo cierto que mi madre respetaba mucho a su tía doña Florentina. Mi padre, no tanto. Decía que era una inocente, que su desarrollo intelectual se había detenido en el momento de entrar en el convento y que seguía siendo una niña de doce años. Contaba riendo que habiéndole preguntado un día:

—Pero tía, ¿cómo es posible que haya usted repetido durante setenta años todas esas oraciones en latín sin entenderlas?

—Hijo mío—le contestó la pobre vieja alzando compungida los ojos al cielo—esas son palabras demasiado sublimes y misteriosas para nosotras.

Por supuesto mi padre se guardaba de pronunciar estos juicios delante de los niños y yo respetaba a mi tía doña Florentina casi tanto como al arcángel San Rafael.