Mi pobre padre estaba desolado viendo al hijo de sus entrañas recorrer, sin culpa alguna, el doloroso calvario de purgas y cataplasmas. El desdichado me acariciaba, enjugaba mi sudor de agonía y me decía al oído las cosas más halagüeñas. Hizo aún más; se fué al bazar de los arcos de la plaza y me compró una preciosa escopeta.
Quedé enajenado, loco de alegría. En aquel momento desaparecieron todas mis penas; me olvidé del hambre, me olvidé de las cataplasmas y hasta del sabor del aceite de ricino.
La escopeta se cargaba con unos fulminantes que hacían bastante ruido. Mi madre dijo malhumorada:
—¡Qué ocurrencia la tuya de poner en manos del niño estas cosas!
Mi padre replicó sonriendo:
—El niño es muy juicioso y yo tengo la seguridad de que no ha de matar a nadie.
Yo afirmé vivamente con la cabeza. ¡Oh gran hipócrita! ¡Oh pérfido y tenebroso embustero! En el momento que tomé el arma concebí el crimen; y no lo concebí vagamente sino con todos sus repugnantes detalles. Pero hice el inocente, sonreí de un modo angelical y todos confiaron en mí.
No hubo jamás en el mundo confianza peor depositada. Cuando llegó la noche y mis padres, después de besarme, se retiraron y sentí roncar a la Felisa que dormía en otra cama cerca de la mía, entonces me alcé cautelosamente y a la luz de la lamparilla cargué mi arma con el mayor cuidado. La puse al alcance de la mano y me dormí tranquilamente como el más fiero y empedernido criminal.
Me despertó la voz de mi madre en el gabinete contiguo, hablando con don Gregorio. Despierto sobresaltado y apenas despierto, veo asomar por la puerta la faz aborrecida del monstruo. No tuve tiempo más que para echar mano a la escopeta, ponerme en pie sobre la cama, echarme aquélla a la cara y disparar sobre el infame.
Carcajada general. Mi padre, mi madre, la Felisa, don Gregorio reían dando muestras de la más viva alegría; sobre todo éste parecía querer desternillarse.