¡Oh las rosquillas bañadas de Nepomuceno! ¡Y las tabletas! ¡Y las crucetas! Jamás se ha visto ni se verá en el arte de la confitería una obra más perfecta, y apelo al testimonio de aquellos de mis contemporáneos que hayan tenido la felicidad de gustarlas.

Cuando alguna que otra vez tropiezo en los senderos de la vida con uno de estos dichosos mortales que han sufrido indigestiones por haber ingerido en su infancia demasiadas tabletas no puedo menos de abrazarle enternecido.

¡Pero buenos estaban los tiempos para rosquillas bañadas! Mi madre era vigilante y enérgica, y no diré una tableta, pero ni un pedazo de pan de la cocina me permitiría llevar a la boca. Mi padre no osaba interponerse; las criadas la secundaban, y yo quedaba a merced de aquel monstruo de don Gregorio, sumido en la más horrible miseria.

Imposible encontrarse en mayor aflicción y necesidad. Por mi pequeño corazón pasaba toda la tristeza y desolación que caben en el mundo, y no hay que dudar que caben bastantes. Y lloraba las lágrimas más amargas que el hombre puede derramar en este valle; y si no maldecía de la vida era que aun no había leído a Schopenhauer.

Recuerdo que una noche me pusieron en el vientre la consabida cataplasma de harina de linaza. Después de ponérmela apagaron la bujía, encendieron una lamparilla y se marcharon dejándome solo. Yo gritaba pidiendo pan, un mendrugo de pan siquiera: pero nadie escuchaba mis gritos. La naturaleza, los hombres, el mismo Dios parecían haberse vuelto sordos. Al cabo de un rato llegó Pepa la cocinera y me dijo que si no me callaba seguramente vendría el Trasgo a cogerme por las piernas. Yo no había tenido la desgracia hasta entonces de trabar conocimiento con el Trasgo y como no lo deseaba me callé.

Pero el hambre me punzaba, ¡qué diré punzaba! me roía las entrañas. Entonces tuve una inspiración, uno de esos pensamientos felices que sólo acuden a la mente humana una vez en la vida.

Llevé mis manos a la cataplasma, la saqué de su envoltura de lienzo y me la comí.

Tengo entendido que hubo en los tiempos antiguos un joven príncipe romano a quien hicieron morir de hambre, el cual se comió antes parte de las ropas de la cama. Inútil manifestar que yo no tuve en cuenta para nada este precedente, que no hubo espíritu de imitación ni de plagio. Con la mano sobre el corazón declaro que al comerme la cataplasma creí realizar una obra completamente original.

Pero este pensamiento feliz produjo consternación en mi familia. Siempre sucede lo mismo. Cuando surge un pensador original el mundo se agita presa de viva inquietud.

El resultado fué que, como todos los innovadores, pagué mi inspiración con el martirio. Me aplicaron otra dosis de aceite de ricino.