—El niño tiene la lengua sucia—decía mi madre en voz alta—. Hay que avisar a don Gregorio.
Y el niño, que era yo, se echaba a temblar como el cordero a la vista del lobo.
Llegaba el lobo, me miraba la lengua, me palpaba el vientre, me examinaba los párpados, y después de estas y otras odiosas maniobras, pronunciaba con la mayor indiferencia la horrible sentencia:
—Denle ustedes una onza de aceite de ricino en dos veces... Y dieta... ¡sobre todo mucha dieta!
¡Oh Dios del Sinaí! ¡el aceite de ricino! Escuchando este nombre se me erizan aún los pocos cabellos blancos que me quedan en la cabeza.
—Es, que se resiste a tomarlo—decía mi madre tímidamente.
—Pues es muy sencillo hacérselo tragar. No tiene usted más que apretar la nariz con el dedo índice y el pulgar, y cuando abra la boca echárselo allá.
¡Bárbaro! Otras veces la sentencia era más suave.
—Póngale usted sobre el vientre una cataplasma de harina de linaza... y dieta... ¡sobre todo mucha dieta! Cuidado con que el niño coma absolutamente nada. En usted tengo confianza, pero hay que vigilar a Silverio porque es un padrazo incapaz de resistir el llanto del niño.
Verdad; mucha verdad. Mi padre por no verme sufrir, sería capaz de darme una rosquilla bañada de la confitería de Nepomuceno.