La reina avanza sonriente, saludando a un lado y a otro con la mano y con la cabeza. De pronto se detiene y deja escapar un débil grito de admiración.

—¡Oh qué encanto de niña!—se la oye exclamar contemplando a la hija de Mamerto.

Se detiene un instante frente a ella y la dice:

—¡Qué hermosa eres, hija mía! ¡Qué hermosa eres! ¡Dios te bendiga!... ¿Me das un beso?

Y alzándola del suelo con sus reales manos, la aplicó un sonoro beso en la mejilla.

Entonces vimos a Mamerto demudarse; quedó pálido como un muerto, y agitando su sombrero frenéticamente gritó con voz estentórea:

—¡Viva la reina!

XV
DON ANTONIO JOYANA

Era un capellán que mis tíos Alvaro y Felisa tenían en su quinta de Illas cerca de Avilés, y fué el hombre más original que ha producido Asturias después de la invasión de los árabes.

Me llevaron a confesar con él cuando yo tenía nueve años de edad. Graves amonestaciones me dirigió en aquella ocasión. Recuerdo que me aconsejó con mucho encarecimiento que cuando entrase a saco en la despensa de mi casa de ningún modo me comiese la mermelada con los dedos, sino que llevase para el caso una cucharilla escondida en el bolsillo.