Don Antonio Joyana era un hombre según Dios y según la naturaleza, pero no según los hombres. Por eso los hombres se reían de él. Tenía caprichos como los niños y antojos como las mujeres. Cierto día entró con mi padre en una tienda de paños y habiéndole gustado uno extremadamente no se contentó con comprar algunas varas sino que se empeñó en llevarse la pieza entera. Después la entregó a una hermana vieja y sorda con quien vivía, y ésta se puso a cortarle y coserle pantalones. Salieron tres docenas de ella, según contaban en Avilés.

En otra ocasión, cuando se celebraba con un banquete el santo de mi tía Felisa, presentaron en la mesa una botellita de licor muy linda y caprichosa. Verla don Antonio y quedar hipnotizado fué todo uno. Ya no pudo comer ni beber: ya no tuvo ojos más que para aquella botellita hechicera. Al fin, no pudiendo sufrir más tiempo su estado de congoja, se acercó a mi tía y le dijo al oído con voz temblorosa:

—Señora, si después que se haya vaciado me regalase aquella botellita azul de licor se lo estimaría como un gran favor.

Mi tía se lo prometió riendo y la calma renació en su espíritu.

Tal era aquel hombre singular y tal quisiera que fuereis vosotros también. Porque era un sabio que servía a Dios y amaba a su prójimo.

—¿Era un sabio?

—Sí, era un sabio. Pasaba su vida o rezando o leyendo. Poseía gran copia de libros que tenía amontonados en sendos cajones de azúcar, los cuales no yacían en el suelo sino que pendían del techo colgados por fuertes cordeles y se balanceaban al más leve contacto dentro de su habitación. Acaso juzgara don Antonio que así columpiados sus libros estarían mejor dispuestos para comunicarle la ciencia que guardaban.

Don Antonio Joyana trataba a los hombres solamente como hombres. Para él un zapatero era un hombre y un marqués otro hombre. Las diferencias sociales nada añadían a sus ojos a la imagen de Dios.

Recuerdo que en una jira campestre, a la cual asistí, siendo ya un joven, y en la cual tuvimos el honor de llevar con nosotros a algunos empingorotados personajes y a unas damiselas más pagadas de su estirpe que las hijas de una familia reinante, don Antonio comenzó a tratar a estos personajes con tal confianza y tan graciosa familiaridad que nos hizo mucho reír. ¡Pero los próceres, y sobre todo las altas y poderosas señoritas no reían, no! ¡Qué cara de vinagre! ¡Qué gestos despectivos!

«¡Bravo, don Antonio!»—exclamábamos todos en voz baja con íntimo regocijo.