Y don Antonio sin ver nada, sin advertir los gestos desdeñosos y las miradas coléricas iba de uno a otro aristócrata, de una a otra damisela, poniendo a aquéllos la mano sobre el hombro, dirigiendo a éstas saladas cuchufletas, que dicho sea con verdad, resultaban un poco burdas.

Fué una de las pocas veces en que vi a la verdad y a la naturaleza triunfar de la convención y la mentira.

Los hombres de este temple, ni se asombran de nada ni tienen miedo a nadie.

Una tarde entraron de improviso algunos ladrones enmascarados en la posesión de Illas. Después de sorprender a los criados que estaban en la planta baja de la casa y haberlos maniatado y amordazado subieron al piso superior y penetraron en la habitación de don Antonio. Este se hallaba leyendo como de costumbre.

—¡Alto, no se mueva usted!

Don Antonio levantó la cabeza y paseó una mirada con más curiosidad que miedo por aquellos foragidos. Entre ellos había uno de tan exigua estatura y corpulencia que parecía un chicuelo de catorce o quince años. Don Antonio se fijó en él, y alzándose de la silla entre risueño y encolerizado, le sacudió por el brazo, diciéndole:

—¿A ti, mequetrefe, quién te ha metido en estas aventuras? ¡Anda a la escuela, majadero!

Sacando luego una llave del bolsillo la tiró al suelo.

—Ahí en ese armario tenéis todo el dinero que hay en casa. ¡Cuidado con romperme la botella de tinta que está junto al talego!

Después se sentó otra vez y siguió leyendo.