Pues bien, este hombre virtuoso y magnánimo, siento decirlo, pagó también su tributo a la flaqueza humana. Una pasión desgraciada apoderándose de sus sentidos y empañando los más claros principios de su intachable conducta logró en cierta ocasión empujarle al crimen.
No fué una mujer hermosa la que inspiró aquella pasión loca que tan gravemente comprometió la salvación de su alma, sino unos animales inmundos.
Mi tío Alvaro hacía criar algunos cerdos en la posesión de Illas para el abastecimiento de su casa. Don Antonio desde el primer año que allí estuvo se comprometió a vigilar su crianza. ¡Nunca hubiera tomado sobre sí este cargo! A la manera que un joven libertino, satisfaciendo los caprichos de su querida, colmándola de regalos y vaciando el bolsillo para adornarla con preciosas joyas, va poco a poco hundiéndose en el amor y perdiendo su albedrío, así nuestro capellán, procurando toda clase de regalos nutritivos y mimando a aquellos groseros animales, cual si fuesen hijos de sus entrañas, quedó preso en las redes de una pasión desgraciada.
No le bastaban las más finas verduras y legumbres de la huerta, no le bastaban los relieves de su mesa y de la de los criados, no era bastante el maíz y la harina que sustraía del pienso de las vacas y caballos. Llegó a entrar en el granero donde se guardaba el trigo con que pagaban su renta los colonos de mis tíos y tomar de allí serias cantidades para satisfacer la voracidad de sus adorados cerdos.
Cuando se acercaba el día de la matanza nuestro capellán perdía el apetito y el sueño. Se le veía silencioso y taciturno. Pasaba largos ratos contemplando con ojos enternecidos a aquellas inocentes criaturas que presto iban a sucumbir de muerte violenta. Y el día mismo llegado, don Antonio desaparecía de casa y no volvía a ella hasta la noche.
Al año siguiente igual. Don Antonio se prometía no apasionarse por aquellos pequeños y tiernos animalitos que le entregaban; pero viéndoles comer, viéndoles engordar no podía resistir al atractivo de sus encantos y se entregaba. Su ardiente caridad iba más allá que la de San Francisco. Porque si éste decía: «—Hermano borrico», don Antonio decía: «—Hermano cochino». Acaso querría indemnizarse de las muchas veces que había tenido que exclamar para sus adentros: «¡Cochino hermano!»
Pero voy a narrar con mucho disgusto de qué modo el demonio tentó y sedujo a aquel santo varón y le arrastró a cometer una acción vergonzosa.
Cuando vino mi tío Alvaro durante el verano a pasar algunos días en Illas los criados le enteraron de los abusos que don Antonio cometía contra el granero en favor de los cerdos. Esto le disgustó como puede suponerse. Llamó al capellán y le hizo amigable y dulcemente algunas observaciones. Don Antonio bajó la cabeza y prometió atenderlas.
Pero allá en el infierno Satanás se frotó las manos y exclamó riendo: «¡Ya veremos!»
Una noche entre las doce y la una se hallaba mi tío entregado al sueño cuando un criado llamó quedo a la puerta de su alcoba. Despertó sobresaltado y le invitó a que entrase.