—¡Señor, hay ladrones en casa!—le dijo al oído.

Esta noticia no era a propósito para tranquilizarle.

—¿Dónde están?

—Acaban de entrar por la puerta de atrás en la cocina de abajo—le respondió con voz de falsete tenue como un soplo de la brisa de Mayo.

Mi tío comprendió que ya era imposible oponerse al asalto de su casa. Se sentó en la cama dispuesto a esperarlos y dijo:

—Ve a ver lo que hacen.

Al poco rato apareció de nuevo.

—¡Señor, están ya en el comedor!

A mi tío, aunque hombre valeroso, le latía con violencia el corazón.

—¡Señor, han llegado a la escalera y empiezan a subirla!