Desapareció el criado y tardó un rato en presentarse de nuevo. Cuando lo hizo al cabo, venía apretándose las ijadas de risa.
—¡Señor, si es don Antonio que viene con un saco!
—¿Don Antonio? ¿Un saco?
—Sí, señor; sin duda va al granero a robar trigo para los cerdos.
Mi tío respiró con satisfacción, estuvo unos instantes suspenso y le dijo:
—Bueno, vete a la cama y no digas una palabra de esto a nadie. Ya lo arreglaremos mañana.
En efecto, al día siguiente pidió con un pretexto plausible la llave del granero al capellán y nunca más volvió a entregársela.
Yo no tuve conocimiento en aquella época de este grave pecado de don Antonio. Si lo hubiera tenido es casi seguro que se lo hubiera perdonado. ¿No me había perdonado él que entrase furtivamente en la despensa y me comiese las mermeladas de mi madre?
Declaro que me sentía atraído hacia aquel hombre, y mi primo José María igualmente. A los dos nos era extremadamente simpático, quizá porque adivinásemos en él un niño como nosotros, más grande y más sabio.
José María de las Alas era mi primo y mi tío a la vez, porque su madre era prima hermana de la mía y su padre hermano de mi abuela. Teníamos la misma edad y nos queríamos entrañablemente como si fuéramos hermanos. Pasábamos la vida juntos, él en mi casa o yo en la suya; y las horas de escuela también juntos porque asistíamos ambos a la de don Juan de la Cruz.