Pues un día, en las vacaciones de Agosto, nos vino a la mente la idea de hacer una visita a don Antonio Joyana en Illas. Quedamos en reunirnos a las ocho de la mañana en los soportales de Galiana, y en efecto desde allí emprendimos la marcha por la carretera en uno de los días más espléndidos de aquel verano.

¡Qué radiante sol! ¡Qué fresca brisa! ¡Qué gorjeos de pájaros! ¡Qué mugidos de terneros! ¡Cuán felices caminaban aquellos dos niños por la estrecha carretera guarnecida de zarzamora!

La posesión de Illas dista de Avilés algunos kilómetros, no sé cuántos; nosotros los recorrimos en poco más de una hora. Nos recibió a la puerta de casa Pepa, la vieja hermana de don Antonio, y nos dijo que éste se hallaba en su cuarto y nos invitó a subir.

Llamamos a la puerta del gabinete con los nudillos de los dedos.

—¿Quién va?

—Somos nosotros.

—¿Quiénes sois vosotros?

—José María y Armando.

—Estoy rezando.

Puesto que don Antonio estaba rezando, nosotros debíamos sentarnos en la escalera y aguardar a que terminase. Así lo hicimos y esperamos un buen rato. Al cabo apareció con su gorro negro y sus gafas azules y nos abrazó dando muestras de gran regocijo. Pasamos a su cuarto donde todos los elementos estaban mezclados y confundidos como en el caos, y procedió a descolgar de la pared dos sillas que pendían de sendos clavos y nos hizo sentar en ellas. Después, dando paseos por delante de nosotros con las manos a la espalda, se informó prolijamente de la tarta de borraja y del queso de almendra que habíamos comido en casa de la tía Bruna el día de su cumpleaños, del moquillo que estaba padeciendo Milord, el perro del tío Víctor, de las ciruelas que la tía Felisa había cosechado en la posesión de los Carbayedos y de otros extremos no menos interesantes que nos llegaban directamente al alma. Cuando hubimos terminado de desahogar nuestra conciencia, don Antonio nos preguntó muy cortésmente si teníamos hambre. Antes que le hubiéramos respondido llamó a grandes voces por el hueco de la escalera a su hermana y le ordenó que nos sirviesen lo más pronto posible algo de almorzar. Después se acercó a la ventana, la abrió de par en par y se asomó a ella. Una sonrisa de felicidad incomprensible dilató su rostro.