—¡Mirad, hijos míos, mirad!

Nos asomamos como él y vimos allá en el fondo del patio tres o cuatro cerdos tan gordos que no se podía entender cómo escapaban a la apoplejía.

—¿Qué os parece?—nos preguntó triunfante.

—¿Por qué no los matan ya?—pregunté yo con la mayor inocencia.

Don Antonio me dirigió, al través de sus gafas, una mirada pulverizante. Pero meditó sin duda que yo era un pequeño pagano con una cultura superficial y no se dignó responder.

—Ahí donde los veis, cada quince días aumentan media arroba de peso... Pero yo creo que Proudhon aumenta más.

—¿Cuál es Proudhon?—preguntó mi primo.

—El de la derecha, el de las orejas rajadas... Todas las noches antes de acostarme abro la ventana y les doy las buenas noches. Ellos levantan la cabeza cuanto pueden y me responden gruñendo.

Quedamos admirados de tanta inteligencia, lo cual hizo concebir a don Antonio una idea ventajosa de la nuestra.

Nos llevó inmediatamente a la huerta y nos obligó a admirar las coles, los guisantes y las cebollas que allí tenía. Antes que hubiésemos terminado de admirarlas llegó Pepa para hacernos saber que nuestro refrigerio estaba preparado.