Era una inmensa tortilla de jamón. Mi primo y yo nos arrojamos vorazmente sobre ella y en poco tiempo logramos dejarla bien chica. Pero el jamón estaba rabiosamente salado y pedimos agua con ansia.
—No la hay—nos respondió don Antonio en tono perentorio.
Quedamos aterrados.
—¿No hay agua?... ¡Pues nosotros tenemos mucha sed!
—¡Pepa!—gritó el capellán—saca dos botellas de la bodega y tráelas.
Vinieron dos botellas de vino blanco y pudimos saciarnos. Mas sucedió lo que ya puede concebirse. Un cuarto de hora después comenzamos a dar señales de trastorno mental. Tiramos algunos platos al suelo, nos desabrochamos la camisa, cantamos a gritos y llamamos vieja y fea a la hermana del capellán.
Este se puso serio y se dió cuenta, aunque tarde, de la gran imprudencia que había cometido. Inquieto en grado sumo no se le ocurrió al pobre hombre otra cosa que invitarnos a marchar a nuestras casas. Con gran premura nos hizo salir a la huerta y a paso largo nos condujo hasta la puerta enrejada de salida.
No habíamos dado cien pasos por la carretera cuando mi primo se detuvo repentinamente y echando miradas feroces a derecha e izquierda me anunció de un modo categórico que él, José María, era el chico más valiente de Avilés.
Esta declaración no pudo menos de dejarme estupefacto. Porque mi primo era un niño inteligentísimo, pero enfermizo y desmedrado a tal punto que en la escuela se burlaban de él y no pocas veces tuve que salir a su defensa.
Ignoro por qué, mas en aquel instante me inspiró tanta lástima que en vez de contradecirle le abracé y le besé con efusión manifestándole al mismo tiempo con la mayor vehemencia que nadie le pondría la mano encima en mi presencia y que estaba dispuesto a dar por él toda mi sangre. Pero él rechazó mis caricias con increíble ferocidad, diciendo que no necesitaba para nada de toda ni de parte de mi sangre porque se bastaba y se sobraba para hinchar las narices a todos los chicos de Avilés, tanto de la villa como de Sabugo.