Yo insistí en ofrecérsela con igual vehemencia y él en rechazarla con la misma ferocidad. Tan tercos nos pusimos ambos que faltó poco para que viniésemos a las manos, quiero decir para que me pegase, porque yo me hallaba en un estado de enternecimiento tal que me hubiera dejado matar antes que hacerle daño alguno. Las lágrimas corrían abundantes por mis mejillas y a cada instante me detenía para abrazarle y besarle, cosa que a él le indignaba muchísimo.
Alguna vez me descuidaba también en ofrecerle mi sangre de nuevo y entonces su furor no tenía límites.
Para demostrarme sus fuerzas excepcionales y su coraje se daba golpes en el pecho con los puños como un atleta y amenazaba con ellos a los aldeanos que íbamos tropezando por el camino y los desafiaba a singular combate. Yo observaba, con asombro, que en vez de irritarles con estos retos se ponían todos extremadamente alegres, reían a carcajadas y nos seguían con la vista largo trecho después que habíamos pasado.
En esta disposición llegamos a casa. Tanto mi madre como mi tía Justina pusieron el grito en el cielo al vernos; se apresuraron a llevarnos a la cama y mientras nos desnudaban estalló su indignación en muy pesadas palabras contra «el loco de don Antonio Joyana».
XVI
MI PADRE
Personas hay tan admirablemente dotadas para la domesticación que ningún animal, por salvaje y obtuso que sea, les resiste. He visto lobos y conejos y cuervos y hasta pulgas y cerdos maravillosamente amaestrados, y se cuenta de un prisionero en la Bastilla que llegó a domesticar una araña. Una señora amiga mía logró que los gorriones parados en el alero de su tejado entrasen en su dormitorio y allí durmiesen. Por la mañana al despertarse venían a su cama y comían alegremente las migas de bizcocho que les repartía, hecho lo cual se despedían hasta la noche.
A nadie, sin embargo, he visto en mi vida con mayores aptitudes para reducir y educar animales que a mi padre. Pero los que escogía para sus notables experiencias eran siempre animales bípedos más o menos racionales. Un juez de instrucción, un promotor fiscal, un coronel, un registrador de la propiedad o cualquier otro funcionario que llegaba a nuestra villa y que se hacía inmediatamente temer por su genio adusto o por un temperamento bilioso e irascible. Mi padre se sentía atraído hacia esta clase de sujetos y no sosegaba hasta colocarse en situación de ejercitar sobre ellos aquellas naturales disposiciones con que el cielo le había dotado.
No se pasaba mucho tiempo sin que la villa viese con estupefacción al montaraz funcionario paseando emparejado con mi padre y completamente desarrugado, feliz y sonriente. En Avilés habitaba un tío abuelo mío con rostro y talle de inquisidor; alto, enjuto, aguileño, mirada dura y penetrante. Era persona inteligente y de muchas letras, pero de un orgullo tal y de humor tan desapacible que vivía materialmente aislado desde hacía largos años. Cuando mi padre vino a establecerse con su esposa en aquella villa la existencia de este viejo severo cambió por entero. Que hiciese bueno o malo todos los días llegaba a nuestra casa buscando a mi padre, salía con él de paseo, se mostraba locuaz y por primera vez después de veinte años reía a carcajadas.
Pensando en este raro privilegio del autor de mis días llegué a concebir claramente que no debía atribuirse a la amenidad de su conversación, que era grande por hallarse dotado de una imaginación pintoresca, memoria felicísima, espíritu observador y afluencia de palabra. Todas estas dotes las poseen muchos hombres sin que logren hacerse amar. Se les escucha con placer, pero no se les busca con empeño ni menos se les hace compañeros íntimos y confidentes. El secreto de mi padre era otro y consistía en la ausencia de vanidad. Era una ausencia completa, absoluta, inverosímil; era una fuerza opuesta y contraria que en vez de empujarle a producir y realzar su persona como acaece a casi la totalidad de los hombres le arrastraba a disminuirla y borrarla.
La verdad me obliga a confesar que esta rarísima cualidad no tenía un fundamento religioso; no era lo que se llama humildad cristiana. Procedía más bien de un rasgo original del carácter por lo cual alguna vez tocaba en el capricho o la extravagancia. A este rasgo se unía un pesimismo más original aún. Mi padre era un pesimista teórico y un optimista práctico, de cuyo contraste resultaban efectos verdaderamente cómicos. Pensaba como Schopenhauer que el dolor es lo único positivo en la vida y que este mundo es triste por esencia, pero él vivía siempre contento y ponía contentos a cuantos se le acercaban; creía con el Eclesiastés que todo es vanidad y él se las arreglaba para no tener ninguna. ¡Había que oírle lamentarse de la existencia, exhalar singulares profecías y vaticinar cataclismos! Cinco minutos más tarde nos contaba una anécdota chistosa y después de habernos apretado el corazón y llenarnos de angustia nos hacía estallar en carcajadas.