Mi padre replicó:
—No es necesario. Ha comido muchas golosinas.
Y no recuerdo más. Cuando a la mañana siguiente abrí los ojos estaba en el Paraíso terrenal.
Por los cristales de mi balcón se veía el sol nadando ya por el cielo azul. Frente a mí se alzaba una alta, hermosa montaña cuya crestería semejaba la de un castillo fantástico. Sobre esta montaña venían a posarse algunas nubecillas arreboladas que el viento empujaba suavemente. El balcón abría sobre un corredor guarnecido de una magnífica parra cuyos pámpanos caían como espléndido cortinaje, ocultándome a medias el paisaje.
En aquel mismo cuarto hacía seis años, el de gracia de 1853, había yo visto por vez primera la luz del día.
Mi padre me contó más tarde las circunstancias de mi nacimiento. Mi madre se hallaba en manos de la partera, de Manola y de otras tres o cuatro mujerucas expertas. Mientras tanto él, agitado y temeroso paseaba por el salón de la casa en compañía del notario don Salvador, del abogado Juncos y del señor cura de Lorio. A estos personajes fuí presentado inmediatamente después de nacer con las solemnidades de rúbrica. No hacía memoria mi padre de lo que había dicho en esta grave ocasión don Salvador el notario, ni el señor cura de Lorio, pero sí recordaba perfectamente que el abogado Juncos, mirándome fijamente y extendiendo su mano sobre mi cabeza, profirió con acento severo estas memorables palabras:
—¡Dios le deje llegar al solio pontificio!
El lector tendrá ya noticia seguramente de que los deseos proféticos del abogado Juncos no se han verificado. Me consta que mientras vivió nunca pudo consolarse de esta amarga decepción que le hizo experimentar el Sacro Conclave Romano.
Poco después de nacer yo se trasladó mi familia a Avilés, la villa marítima que todo el mundo conoce. Y mis padres tuvieron el mal gusto de pasar seis años sin poner los pies en Entralgo, lugar de celestiales delicias enclavado en la montaña.
Osadamente me vestí sin llamar a la chacha y mi audacia llegó al punto de deslizarme por la casa sin conocerla. Encontré una escalera, bajé por ella y salí al campo. ¡Oh qué hermosa huerta se extendía delante de mí toda llena de ciruelas, cerezas y otros frutos deliciosos! Apenas di unos cuantos pasos tropecé con José Mateo, aquel criado moreno, fornido, de cabellos rizados que nos había servido de espolique la tarde anterior.