—José Mateo, alcánzame una ciruela.
José Mateo obedeció inmediatamente. Después vi un cerezo cubierto de cerezas y ordené con el mismo imperio:
—José Mateo, alcánzame cerezas.
Y con igual sumisión José Mateo se encaramó en el árbol y me entregó una rama cuajada de ellas.
—¿Dónde vas?—le pregunté.
José Mateo me enteró de que iba en aquel momento a ordeñar las vacas y me preguntó si quería hacerle el honor de acompañarle. Se lo otorgué generosamente. Fuimos al establo y delante de él había unos cuantos hombres y mujeres arrancando patatas, que me acogieron con júbilo y me vitorearon como a un emperador. Yo apenas correspondí a esta calurosa ovación porque tenía prisa de hallarme frente a las vacas. Había cinco o seis: la Salia, la Cereza, la Garbosa, la Morueca, etc. Las contemplé con respeto y simpatía, pero mis ojos y mis sentidos todos se dirigieron inmediatamente a los terneros que se hallaban amarrados lejos de sus madres a un pesebre mucho más bajo. Acometido súbito de fervoroso amor me precipité hacia ellos para abrazarlos y besarlos. Me acogieron con notoria ingratitud, brincando y retorciéndose para esquivar mis caricias.
—José Mateo, móntame sobre una vaca.
José Mateo me montó sobre una vaca y me sostuvo todo el tiempo que yo quise. Después tomó su colodra y se puso a ordeñar. Los que arrancaban las patatas vinieron un momento a reposarse y siguieron tributándome los mismos homenajes. Pero yo estaba atentísimo a la operación que realizaba José Mateo. Sin saber cómo, en mi mente nació un pensamiento ambicioso, el de ordeñar yo también a uno de los terneros. En cuanto signifiqué la proposición obtuvo un éxito inesperado. No sólo José Mateo sino todos los que allí había lo mismo hombres que mujeres la aprobaron fuertemente y manifestaron del modo más ostensible su satisfacción. José Mateo buscó un zapito más chico y me lo entregó. Acto continuo me puse a la obra...
¿Por qué ríen aquellos mastuerzos? ¿Por qué ríen tanto? Reían hasta desternillarse, apretándose las costillas como si fuesen a estallar. Pero el ternero, brincaba, coceaba, se retorcía: y por más que yo, diligente y enardecido por los gritos de entusiasmo que los arrancadores de patatas lanzaban al aire, no cejaba en mi tarea, nunca pude extraer de él una gota de leche. Para resarcirme de esta dolorosa decepción José Mateo me ofreció un zapito rebosante de ella. Bebí hasta que me harté con viva satisfacción del concurso, el cual prorrumpió en gritos de entusiasmo al verme con las narices teñidas.
En cuanto salimos del establo lo primero que encontramos ¡oh dicha! fué un asno.