Antes que terminase el decenario Paquita se levanta y va a cerrar el mirador que se hallaba abierto. Doña Leocadia vuelve la cabeza y la sigue con la vista sin dejar el rezo. Paquita se detiene un poco dentro del mirador y entonces su madre suspende el rezo, se levanta bruscamente y va con paso rápido hacia allá.

—¡Ya me lo parecía a mí!—exclama con acento colérico después de echar una mirada investigadora a la calle—. ¡Allí está el mequetrefe debajo del farol!... ¿Y para eso te levantas y dejas el rosario, pícara?... ¡Toma, toma, desvergonzada!

Y le aplicó dos soberbias bofetadas. Paquita lanzó un gemido y comenzó a protestar altamente de aquel castigo que juzgaba absolutamente injusto, pues ella no había ido al mirador sino para cerrarlo y no se le había ocurrido mirar a la calle, ni había visto ni quería ver mequetrefe alguno.

Debo hacer constar que este mequetrefe era nada menos que un cadete de caballería que usaba brillantes espuelas y arrastraba un largo sable pendiente de la cintura. Por esto sólo se comprenderá el absurdo de aquella buena señora al calificarle de tan denigrante manera. Era además un joven guapísimo, casi tan alto como don Julio, que fumaba cigarros puros y me regalaba caramelos cada vez que me encontraba en la calle. Estaba allí pasando las vacaciones de Navidad con su familia. Desde el verano anterior en que había bailado con ella en la romería de la Luz había rendido sus espuelas, su sable y su grandeza a los pies de la simpática Paquita.

—¡Silencio, insolente! Ya te he dicho que no quiero que hables con ese mequetrefe (¡vuelta con el mequetrefe!) Si fueses una hija obediente no volverías a mirarle a la cara... ¿Es que piensas que tu madre no sabe mejor que tú lo que te conviene? ¿Qué es lo que te propones?

—¡Yo no me propongo nada! ¡Es una injusticia!—gritó Paquita sollozando.

—¡Silencio! ¿No sabes que esas relaciones no pueden conducir a nada? ¿Vas a casarte cuando sea alférez? ¿Con qué te va a mantener? ¿Vas a esperar a que sea capitán? Puedes esperar sentada... ¡Pues vaya un partido que se nos entra por las puertas!

—¡Yo no lo soy tampoco!—gritó Paquita sin dejar de sollozar.

—¡Silencio te digo!—exclamó doña Leocadia dando un paso con ademán amenazador hacia la joven—. Por lo mismo que no lo eres... porque la desgracia y mis pecados han querido que no lo seas—añadió con voz sorda—, por lo mismo que no lo eres necesitas pensar como una persona formal y sin perder el tiempo con un mequetrefe (¡y dale con el mequetrefe!) que no tendrá bastante nunca para sus vicios... porque los militares son unos viciosos...

—¡Todos no!—profirió con energía Paquita—. Además no se necesita ser militar para ser vicioso.