Doña Leocadia sintió la estocada en el pecho, quedó un momento suspensa y dijo suavizando el tono:

—¿No ves a Paulina la hija de don Ramón que apenas te lleva dos años y es ya una gran señora con magnífica casa y coche y media docena de criados y hace viajes a París y Londres cuando se le antoja?...

—¡Pocas gracias! ¡Casándose con un viejo!—exclama la niña con risita sarcástica.

—¡Don Pancho no es un viejo, deslenguada! Es un hombre en muy buena edad y vale más que ese alfeñique que así te levanta de cascos... Bueno, ya hemos hablado bastante... ¡A callar y obedecer!

Doña Leocadia se arrodilla nuevamente y continúa:

—Tercer misterio doloroso: de la corona de espinas. Padre nuestro que estás en los cielos...

Un olor penetrante y nada grato de guisado llegó hasta nuestra nariz. Doña Leocadia se detiene, cree percibir humo y exclama volviendo la cabeza hacia la cocinera:

—¿Lo ves, Carmen?... La carne se está quemando.

—Señora, la he dejado separada.

Doña Leocadia sin replicar se levanta vivamente y marcha hacia la cocina dejándonos a todos arrodillados y suspensos. La cocinera la sigue murmurando, aunque ya con alguna vacilación.