—Señora, la he dejado bastante separada.
Escuchamos fuerte altercado allá dentro: la voz de doña Leocadia se deja oír irritada; la de la cocinera sorda y humillada. Por fin entra de nuevo aquélla exclamando en un tono que nada tenía de resignado aunque quería parecerlo:
—¡Oh qué paciencia, Dios mío! ¡oh qué paciencia! ¡oh qué paciencia se necesita!...
Se arrodilla y continúa el rosario:
—Cuarto misterio doloroso: de la cruz a cuestas. Padre nuestro que estás en los cielos...
Poco después suena la campanilla de la puerta de la calle. Rita la doncella, salió a abrir; entró poco después y se arrodilló. Detrás de ella oímos los pasos de Adolfo que entró en el comedor cejijunto, sombrío, nos echó una mirada torva y se dejó caer de rodillas con tan fuerte golpe que a Juanito y a mí nos acometió la risa y nos costó gran trabajo sofocarla. Su madre volvió la cabeza, le miró severamente y haciendo un leve gesto de resignación continuó rezando.
Comprendimos inmediatamente que estaba ebrio. Su madre lo comprendió también, porque de vez en cuando volvía la cabeza y le dirigía una rápida y tímida mirada.
Juanito me hacía muecas poniendo el dedo pulgar en la boca con ademán de beber. Yo no podía reprimir la risa y pellizcaba a Juanito. Paquita sacudía la cabeza de un modo cómico afectando desesperación. Las muchachas entre asustadas y risueñas apenas podían rezar.
Sólo Adolfo permanecía serio, enteramente ajeno al efecto que causaba. Respondía al rosario con sonidos cavernosos donde nadie podría percibir señales de oración alguna, bufaba como un buey y se balanceaba como un barco.
El balanceo, que al principio era insignificante, se fué acentuando de tal modo que nos inquietó. Juanito dejó de hacer muecas, Paquita de sacudir la cabeza y las criadas quedaron graves y suspensas. Todos teníamos clavada la vista en aquel extraño y alarmante cabeceo temiendo que acaeciese lo que al fin acaeció.