Adolfo cayó de bruces sobre el suelo con tanto estrépito que doña Leocadia dió un salto y quedó de pie. Adolfo no pudo levantarse ya: abrió la boca y soltó por ella un raudal de vino que pronto se esparció por el comedor con gran sobresalto de todos nosotros que huimos de aquel río encarnado y nauseabundo como si fuese lava ardiente del Vesubio. En particular Paquita se levantaba la falda con tan cómico terror, caminaba sobre la punta de los pies y hacía tales muecas y cabriolas que Juanito y yo a pesar del susto reventábamos por reír. Pero no era posible esto mirando a doña Leocadia, que parecía la imagen de la desolación.
—¡Jesús mío; qué me pasa!—exclamaba la buena señora mesándose los cabellos—. ¡Este hijo concluye conmigo!... ¡Qué cruz, madre mía del Carmen, qué cruz!...
Entre tanto, Rita, Carmen y Josefa la costurera levantaban a aquel cerdo del suelo y lo transportaban a su cuarto. Doña Leocadia las siguió exhalando suspiros y lamentaciones. Una vez solos, Paquita, Juanito y yo pudimos entregarnos a la algazara y lo hicimos de buen grado. Paquita nos incitaba a ello con sus monerías. Daba saltos por encima de los charcos de vino.
—¡Qué asco, hijos míos, qué asco! Mi hermanito no se emborracha con Jerez.
Pero Carmen, la cocinera, llegó inmediatamente con un cubo de agua y una rodilla y limpió con presteza aquellas inmundicias. No tardaron tampoco en aparecer doña Leocadia, Rita y Josefa después de haber dejado metido en su lecho al héroe de la fiesta. Y ya nos disponíamos a continuar el rosario cuando sonó nuevamente la campanilla.
Era un mozo del café de la Plaza que traía una cartita para doña Leocadia, quien la abrió con viveza y al leerla se puso pálida.
—Carmen, haz el favor de dar el llavín de la puerta de la calle a ese muchacho. El señor no viene hoy a cenar.
Quedó un instante inmóvil con los ojos en el vacío. Su rostro expresaba tan profundo abatimiento que a todos se nos apretó el corazón. Dos gruesas lágrimas comenzaron a rodar por sus marchitas mejillas.
Al fin sacando el pañuelo y enjugándolas se dejó caer nuevamente de rodillas ante la imagen de la Virgen diciendo con voz apagada:
—Quinto misterio doloroso: cómo el Hijo de Dios fué crucificado. Padre nuestro que estás en los cielos...