Avilés guardaba en aquel tiempo más de una semejanza con Atenas. Porque reinaba la alegría y el decoro y el amor al arte como en la ciudad de Minerva, y además se vivía en una dulce ociosidad que permitía consagrarse enteramente a los placeres del espíritu. Para lograr esto Aristóteles creía necesario un número considerable de esclavos encargados de alimentar a los ciudadanos. Entre nosotros no existía que yo sepa más esclavo que un negro muy feo que había traído de América un indiano llamado don Pancho. Con este negro, que al parecer estaba siempre ansioso de llevar a los niños malos en un saco, nos amenazaba la maestra (porque de tres a cuatro años tuve el honor de asistir a un colegio de señoritas) cuando hacíamos demasiado ruido. Tantas veces nos había amenazado, sin embargo, que llegamos a despreciar, como inverosímil, aquella horrorosa perspectiva. Mas he aquí que un día aciago, al conjuro de la maestra, aparece en la puerta de la sala la espantable figura del negro de don Pancho con el famoso saco al hombro haciendo rodar por las órbitas sus ojos de tigre hambriento. No es fácil describir ni decoroso lo que allí pasó. Toda aquella juventud bi-sexual se sintió atacada a la vez en el corazón y la vejiga. No volvimos a ser malos en ocho días.
Vivíamos, pues, en nuestra villa sin trabajar, como he dicho. Quién trabajaba para nosotros no me importaba entonces averiguarlo. Cada casa albergaba un pequeño hidalgo o rentista que disfrutaba serenamente de la vida, bailando de joven, paseando de viejo. No faltaban artesanos, es cierto; había carpinteros, chocolateros, hojalateros, pintores, albañiles; pero casi todos estaban relegados al barrio de Sabugo. Los que había en la villa eran tan graves personajes casi como los que he descrito: algunos ya viejos gastaban sombrero de copa alta. Se les trataba con respetuosa consideración, se contaba con ellos para los festejos y algunos tenían tiempo para consagrarse a la música y la declamación y alcanzar señalados triunfos, como el ebanista Mariño y el barbero Manolo.
Al revés de lo que acaece en las grandes ciudades europeas y americanas, donde se vive en perpetuo afán y no hay tiempo para nada, en Avilés había tiempo para todo: si faltaba alguna vez no era ciertamente para el trabajo sino para divertirse. No existía la fiebre del dinero ni esa congojosa solicitud por el lucro que envilece las almas y entristece la vida. El comercio mismo, que por su naturaleza es sórdido, tenía en nuestra villa un temperamento noble y tranquilo. Los comerciantes recibían a sus amigos en las tiendas, departían y reían con ellos y apenas se curaban de la venta de sus artículos. Había un tendero llamado Braulio que poseía en la calle de la Herrería un bastante bien surtido almacén de quincalla. Pues este Braulio, cuando un amigo llegaba a invitarle a jugar al billar o a comer una langosta en el café de Tirita se ponía el sombrero, cerraba la tienda y se marchaba tranquilamente con él. ¡Que aguardasen los parroquianos!
Los próceres, la juventud impetuosa, los comerciantes y los artesanos no constituían por entero a nuestra villa. Existía, como es justo en ella, un elemento teológico compuesto por los párrocos de la villa y Sabugo con sus respectivos coadjutores, el vicario de las monjas de San Bernardo y hasta una media docena de frailes exclaustrados que habían quedado vivos en la matanza del año treinta y seis. Había un padre Cerezo cuya sabiduría nadie ponía en duda, un fray Antonio Arenas taciturno, bilioso, que cantaba desde el coro de la iglesia de San Francisco la misa mayor con una voz que envidiaría Satán para dirigirse a los condenados del infierno, un Manzaneda (ignoro porqué a éste se le suprimía el fray) y había sobre todo un fray Melitón de perdurable memoria sobre la tierra y que en el cielo, donde no dudo que se hallará a estas horas, hará las delicias de los bienaventurados.
Este elemento teológico gastaba como el de los próceres levita y sombrero de copa. Solamente que como correspondía a su elevada dignidad teológica, las levitas eran mucho más largas y los sombreros mucho más altos. Cuando de niño veía al padre Cerezo o a Manzaneda debajo de uno de ellos sudaba de congoja.
Fray Melitón era el organista de la parroquia. Líbreme Dios de suponer que tocando el órgano es como alegrará a la corte celestial. Al contrario, me parece que si a fray Melitón se le ocurriese tocar alguna vez el órgano en el cielo, no duraría allí mucho tiempo. Lo que regocijará seguramente a sus hermanos de bienaventuranza es su grande, inconcebible inocencia. Fray Melitón era un niño de sesenta años. De medianas carnes y estatura, vigoroso, la faz roja, los ojos débiles, el pelo negro todavía, hablando siempre a gritos, unas veces enfadado, otras riendo, jamás tranquilo o indiferente. No pienso que tuviera licencia para confesar, porque este ministerio exige conocimiento del corazón humano y fray Melitón no conocía siquiera el suyo; celebraba misa y tocaba el órgano en las misas solemnes y festividades. De él estábamos enamorados unos cuantos chicos y él lo estaba de nosotros aunque no nos escaseaba los coscorrones cuando le molestábamos demasiado. Si nos hallaba en la Campa jugando a la peonza se detenía para contemplarnos, nos animaba a gritos, nos aplaudía o nos increpaba exactamente como si fuese uno de nosotros.
—¡Eso está bien, carape! ¡Bien! ¡Bien!... ¡Leoncio, eres un burro!
Si nos tropezaba en el campo Caín se sentaba a nuestro lado y nos contaba historias milagrosas. Los milagros eran su especialidad. Otras veces nos hablaba de su convento y nos describía la enorme despensa de la cual estaba él encargado, los sacos de garbanzos, las pilas de nueces y avellanas, las filas de jamones colgados del techo; nos pintaba la huerta donde crecían toda clase de árboles frutales, cerezos, perales, que daban peras tamaño de una libra, ciruelas claudias y encarnadas, albaricoqueros de espalera: de tal modo que a los chicos se nos hacía la boca agua. Recordaba también con enternecimiento los grandiosos cerdos que allí se criaban y nos comunicaba en secreto de qué medios se valía para hacerles engordar una arroba por semana al llegar el mes de Octubre. A menudo también se placía haciéndonos preguntas y enterándose de nuestros estudios y propósitos.
—¿Qué es lo que tú quieres ser?
—Yo, militar.