—¡Bravo! ¡A la lid, valiente!... ¿Y tú?
—Yo, médico.
—Mírame la lengua (y la sacaba)... ¿Y tú?
—Yo quiero ser oidor.
—¿Oidor? Aguarda un poco que te escarbe los oídos.
Y echaba mano a la punta de una ramita; con lo cual reíamos a carcajadas, y él más que nosotros.
Si alguno le decía que quería ser cura, torcía el gesto.
—¿Sabes, burro, si tienes vocación para el estado eclesiástico?... Además, para ganar el cielo no se necesita ser cura ni fraile.
Y tenía razón, porque él lo hubiera ganado en cualquier condición.
Entre todos nosotros distinguía particularmente a tres, y yo era uno de ellos. Por eso cedió a nuestras instancias concediéndonos el honor de mover los fuelles del órgano, tarea que antes desempeñaba el hijo del sacristán.