Detrás del órgano de la iglesia de San Francisco existía, y es posible que aún exista, un pequeño y obscuro y sucio desván donde se hallan los fuelles que lo alimentan de aire. Estos fuelles, que eran tres, tenían cada uno un madero en forma de lanza, bajando el cual hasta tocar el suelo, el fuelle se hinchaba; luego, a medida que se gastaba el aire iban subiendo paulatinamente hasta llegar al techo. Me encargué, pues, de bajar una de estas lanzas y mis amigos de las otras dos. Para bajarlas necesitábamos colgarnos de ellas, y después que las teníamos a nuestra altura montarnos encima hasta humillarlas por completo. Así que lo habíamos conseguido podíamos descansar unos minutos mientras lentamente los fuelles se deshinchaban y los maderos subían.

¿Cómo es posible que allí encerrados medio a obscuras, respirando polvo y obligados a trabajar como negros sin descuidarnos un instante fuésemos dichosos? Pues lo éramos y no poco. Estábamos poseídos de nuestro papel, que juzgábamos principalísimo. Sin nosotros el órgano no sonaría y todo aquel estrépito que fray Melitón armaba se extinguiría miserablemente y la gran solemnidad vendría a tierra.

No recuerdo bien cómo acaeció: me parece que yo estaba contando a mis amigos en qué forma había entrado un pájaro en el comedor de mi casa y cómo había podido atraparlo arrojándole una toalla encima. Sea por esto o por otra causa, lo cierto es que en una ocasión nos descuidamos olvidando los fuelles. Los maderos habían subido hasta su límite máximo, tocando en el techo. De pronto se abre con estrépito la puertecita del coro y aparece por ella la faz congestionada de fray Melitón echando chispas de sus ojos por detrás de los cristales de las gafas y se lanza sobre nosotros dejando caer sobre nuestras cabezas una lluvia maléfica de coscorrones. Sin hacer caso de ellos nos lanzamos a los maderos, para alcanzar los cuales necesitábamos dar saltos prodigiosos.

—¡Burros! ¡Más que burros! ¿Para eso os he dejado venir a hinchar los fuelles? ¡Y en el momento mismo de ejecutar el trémolo!

Es de saber que cuando en la misa llegaba el momento de elevar la Hostia Santa fray Melitón hacía ejecutar al órgano un trémolo tan misterioso, tan solemne, tan patético que no había corazón por duro que fuese que no se sintiera sobrecogido.

—¡Dejarme sin aire en el trémolo, nada menos que en el trémolo!—exclamaba enfurecido sin dar paz a la mano—. ¿No sabíais que estaba ejecutando el trémolo, burros?

Yo no conocía entonces esa palabreja. Largo tiempo después cuando llegaba a mis oídos percibía en la cabeza la sensación vaga de un coscorrón.

De aquellos tres hinchadores de fuelles vivimos dos, y estoy en fe que lo mismo mi compañero que yo los hincharíamos de nuevo con placer si nos volvieran a los doce años.

Pero no sólo debo a fray Melitón estos momentos de intensa y pura felicidad: algo más le debo y voy a contarlo sin cuidado alguno puesto que él no ha de salir de la tumba a llamarme burro otra vez y a darme de coscorrones.

En los meses calurosos del estío solía bañarme en la ría con unos cuantos amigos de mi edad. Apenas salíamos de la escuela salvábamos el puente de San Sebastián y por el largo malecón de las Huelgas caminábamos hasta un sitio bien lejano donde pudiéramos desnudarnos sin faltar al pudor. En sábanas o toallas para secarnos no había que pensar porque todos se bañaban como yo a escondidas de sus padres. Nos acurrucábamos un momento al sol y luego nos vestíamos sin aprensión alguna. Este sistema, que por mucho tiempo me pareció peligroso, lo he visto hace poco tiempo preconizado por un médico alemán.