Una tarde por haber tenido que ir antes a casa me vi obligado a caminar solo hasta el puente donde me habían dado cita mis compañeros. No les hallé en aquel sitio y pareciéndome que ya habían tomado la delantera me dirigí sin apurarme por el malecón al sitio acostumbrado. Tampoco estaban allí. Largo tiempo los estuve aguardando y viendo que no llegaban me decidí a desnudarme y echarme al agua.

Era casi la hora de la pleamar; el sol reverberaba todavía sobre la superficie de la ría que se mostraba brillante y poderosa como un gran brazo de mar. Me hallaba solitario: sólo allá lejos sobre el malecón percibí un montón de ropa y en medio de la ría la cabeza de un hombre que nadaba y que no pude entonces reconocer.

Sin cuidado alguno, porque estaba bien acostumbrado a ello, me zambullí y comencé a nadar en la dirección de la cabeza que veía sobre el agua. No tardé en averiguar que aquella cabeza pertenecía a fray Melitón y desde entonces con más fuerza me dirigí nadando adonde estaba. Pero él, que no me reconoció, y a quien sin duda molestaba ser conocido se alejó nadando y yo le seguí con esperanza de alcanzarle. Tanto nadé que al fin me hice cargo de que me estaba alejando demasiado de la orilla. Pensar esto, volver la cabeza, ver la orilla lejana y sentir un miedo cerval fué todo uno.

El miedo me dejó yerto. Sentí que el frío me penetraba y que pronto iba a paralizar mis piernas y mis brazos. En fin, sospeché que estaba corriendo un grave peligro de muerte, y esta sospecha no contribuyó, como cualquiera puede calcular, a tranquilizarme. Di rápidamente la vuelta, pero si antes me pareció la orilla lejana ahora me pareció la misma costa de la América. Entonces me decidí a gritar:

—¡Fray Melitón! ¡fray Melitón!

—¿Qué pasa?—respondió éste alarmado por lo extraño de aquel grito.

—¡Que me ahogo, fray Melitón!

Fray Melitón nadó con fuerza hacia el sitio donde yo estaba.

—¿Qué dices, muchacho?—exclamó al mismo tiempo reconociéndome.

—¡Que me ahogo! ¡que me ahogo!